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16 de noviembre de 2019

José Sanabria (1969 - )





José Sanabria Acevedo es un ilustrador colombiano, nacido en Bogotá pero afincado en Buenos Aires. Cursó estudios de diseño gráfico en la Universidad Nacional de Colombia, donde conoció a los maestros Marta Granados, Dicken Castro, David Consuegra y Juan Sánchez, entre otros. En 1990 se publicó el primer libro para que realizó ilustraciones, el cuento infantil Deseado, de Patrick Hullebroeck.


En 1992 se trasladó a Buenos Aires y se formó como ilustrador con los maestros Marcelo Sosa y Juan Bobillo, con los cuales, más Pier Brito, formaría el proyecto docente “Sótano Blanco”. Posteriormente, continuó estudiando de la mano de Óscar Rojas, y asistió a talleres de Marta Vicente, Svetlan Junakovic y Claudia Legnazzi. Durante más de cinco años trabajó como diseñador para el diario bonaerense La Nación.

Desde 2003 enseña ilustración, actualmente en su propio taller “Estudio Color Café”, y ha impartido cursos en Colombia, Japón y el interior de Argentina. En octubre de 2013 viajó a Tokio, donde permaneció todo el mes, para coordinar un proyecto titulado “Pombo en Japón”, en el que catorce artistas japoneses ilustrarían cuentos del escritor colombiano Rafael Pombo (1833- 1912). La experiencia, de la que dejó constancia en su blog personal, resultó extremadamente gratificante y enriquecedora.

"Enigmática, volcánica, delicada, de tejidos minúsculos y finamente entintados, 
cómplice cerca del río, multifacética, vital... esa es Kyoto". 

Sus obras han sido expuestas en la Bienal de Bratislava, en la feria de Bolonia, y en otras muestras colectivas de Argentina, Italia, Alemania y Polonia. Ha publicado más de cuarenta libros ilustrados, en editoriales de Colombia (Norma), Argentina (Santillana, Aique, Puerto de Palos, Long Seller, Estrada, Edebé, Atlántida, Guadal, SM, Alfaguara, Comunicarte, Sudamericana y diario Clarín), Chile (Arrayán), España (SM, Edebé), Francia (Bayard) y Alemania (Minedition). Es autor, además, del texto de otros tres libros infantiles: Domingo en el mercado (con ilustraciones de Celeste Berlier, 2017), El castillo sin sol (con ilustraciones de Ayako Kato, 2018) y La guerra può aspettare (en colaboración con Alejandra Viacava, 2019). 

Refugiados (2019), de Brian Bilston, 
uno de los libros más recientes ilustrados por el autor.

José Sanabria ilustró una breve adaptación de Alicia en el País de las Maravillas en 2006, para la editorial barcelonesa Sol 90, la cual editó una serie de cuentos infantiles para el periódico El País; en el mismo año ilustró también Rapunzel, y anteriormente, en 2005, había realizado La pequeña cerillera para la misma colección.


El texto fue adaptado por el periodista y escritor argentino Alberto Szpunberg. Está muy modificado, pensado para lectores de unos seis o siete años, e incluye actividades y juegos. Se mantiene fiel al original hasta que Alicia cae al Vestíbulo, pero a partir de ese momento se aleja de la historia de Carroll: el Conejo debe llevarle el abanico a la Reina de Corazones; Alicia lo acompaña, y es bien recibida por la Reina (en esta adaptación una anfitriona singularmente amable y generosa), que la invita a comer y beber cuanto quiera en su palacio. Alicia disfruta mucho de su estancia con la Reina, pero al cabo de un rato comienza a echar de menos a su hermana y a sentirse soñolienta por todo lo que ha comido; es entonces cuando se despierta, recostada en las raíces de un viejo olmo, y se restriega los ojos preguntándose si ha soñado.


Las quince ilustraciones de Sanabria destacan por ser propias de esta versión particular del cuento. Las primeras – como Alicia viendo por primera vez al Conejo Blanco, cayendo por madriguera, o cambiando de tamaño al comer y beber lo que encuentra en el Vestíbulo – podrían considerarse canónicas, fieles al libro original, pero las siguientes ya representan lo que sucede en el texto adaptado. Aunque se muestran personajes que no se mencionan en el cuento – como el Sombrerero, que porta un bastón en vez de una taza de té – hay también personajes originales, como un enanito de yeso, que aparecen en los dibujos, lo que los hace únicos respecto a otros libros ilustrados de Alicia.



Los dibujos de José Sanabria son unas hermosas acuarelas que encantan por su aparente sencillez – resultado de un proceso de composición cuidadoso y delicado – y la dulzura de sus colores. Las formas son simples y naturales, y cada pequeño detalle, como las migas del pastel “Cómeme”, o las sombras de las hojas que caen en la mayoría de las ilustraciones, así como los frecuentes juegos con cristales y espejos, contribuyen a crear un mundo con una fuerte impresión de realismo, pero con magia en cada instante. 




La propia Alicia es una niña muy normal, de cabello castaño, con un sencillo vestido rojo y un delantal blanco. Es una niñita como cualquiera que conozcamos, que llora al verse sola, se sorprende al crecer y disminuir de tamaño, y se asusta terriblemente cuando atraviesa una cristalera de la mano del Conejo. Frente a los extraños personajes que encuentra tras caer por la madriguera, como el siempre ceñudo Conejo, la enorme pero afable Reina, los animalillos que corren junto al enanito de escayola, o una misteriosa anciana de afilada nariz que destaca entre la multitud de la corte real, Alicia no es una extraordinaria aventurera, sino una niña pequeña de lo más corriente, que no sale de su asombro.



El País de las Maravillas de José Sanabria es encantador, tan cercano y tangible que nos sentimos en casa. Sin apenas conocer a los personajes, ya que Alicia únicamente dialoga con el Conejo y con la Reina, queremos unirnos a ellos en la fiesta y hacer, como ordena la Reina, lo que a cada uno nos guste más hacer. Lo breve de la adaptación nos hace imposible quedarnos mucho tiempo; personalmente, lo que más me gustaría sería ver más de este mundo, más de la pequeña de rojo y más del puntilloso Conejo en las preciosas acuarelas de Sanabria.

Fuentes:

Imágenes cedidas para su reproducción por cortesía del autor.


CARROLL, Lewis; SZPUNBERG, Alberto (ed.); SANABRIA, José (il.). Alicia en el País de las Maravillas, Editorial Sol 90, Barcelona, 2006.

DA COL, César. “José Sanabria”, entrevista realizada al ilustrador para la revista digital Imaginaria, nº 195, 6 de diciembre de 2006.

Estudio Color Café, blog de los talleres de ilustración del autor.


José Sanabria Ilustración, blog personal del autor.

OSPINA VILLALBA, Galia. Entrevista al ilustrador José Sanabria Acevedo”, en el blog MiauBlog, 25 de enero de 2016.


13 de marzo de 2019

Alicia de Eduardo Plá (1976)


Alicia en el País de las Maravillas es el único largometraje de la breve carrera cinematográfica del artista plástico argentino Eduardo Plá (1952- 2012). En un período de diez años, Plá realizó esta película y nueve cortometrajes, uno de los cuales, "Los sueños de Alicia", también estaba relacionado con la obra de Carroll. Su versión de Alicia combina los elementos clásicos del cuento con referencias a la cultura contemporánea del cineasta, como la música y la imaginería psicodélica, y escenarios modernos y urbanos que contrastan con un País de las Maravillas más o menos canónico. Se estrenó en el cine Premier de Buenos Aires, el 9 de diciembre de 1976.

Vale la pena decir que, inicialmente, Eduardo Plá no quería filmar una versión "normal" de Alicia, sino una parodia/ adaptación  titulada Alicia en el País del Subdesarrollo. Teniendo en cuenta que, en su propio país, la opresión en los años previos al golpe de estado de 1976 crecía a pasos agigantados, no era lo que se dice la mejor de las ideas. "Entonces empecé llevando a Alicia con una máscara de gas adonde queman la basura", relata Eduardo Plá, "y vino la policía y nos llevan presos. "¿Qué están haciendo acá?", "Filmando Alicia en el País de las Maravillas", "Ah, ¿sí? No te hagás el vivo..." Y nos llevaron a todos presos. Varias veces". Tales incidentes hicieron reconsiderar a Plá su idea de película-protesta, y cabalmente decidió realizar en su lugar una adaptación casi al pie de la letra del libro de Carroll. Cuando se estrenó la película, Argentina estrenaba a su vez una dictadura fresca y reluciente.





Tras unos créditos de apertura con dibujos muy coloridos e inocentes, letras en minúscula, y una breve y dulce canción introductoria, la película comienza de modo bastante ortodoxo, con Alicia (Mónica von Reust) y su hermana (Tina Wright), que van a leer a la orilla del río. Alicia nos explica, en off, que estas excursiones la aburren (¡si por lo menos el libro tuviera dibujos!), e inmediatamente aparece el Conejo Blanco (Carlos Lorca). Alicia decide que el extraño Conejo es más entretenido que el libro de su hermana, y se levanta para correr tras él. Sin embargo, en vez de internarse en el bosque, el Conejo se escabulle en la ciudad, se mezcla con un vistoso desfile, e intenta perderse de vista por las galerías de un centro comercial. Alicia lo sigue tenazmente, hasta que consigue plantarse delante de él, y lo saluda con una cortesía. Al principio el Conejo la ignora, pero poco después, mientras bajan por unas escaleras mecánicas, le sonríe y le tiende la mano para llevarla a su "madriguera", que es un ascensor por el que "caen" hacia el País de las Maravillas, con la imagen intermitente del Conejo y Alicia enmarcados en cuadros de colores, y una música psicodélica que la acompaña.





Alicia llega, sola, y habiendo perdido su pamela y su calzado, a un sala completamente blanca sin paredes, suelo ni techo definidos, solo una puertecita. 


Alicia se agacha, se asoma y se ve a sí misma paseando por un bosque. En una mesita aparece una pequeña llave con la que abre la puerta (“¡Qué extraño es todo esto!”, se dice Alicia), y luego el frasco de poción “bébeme”. 


Y no llevamos ni quince minutos de película, pero ya comienza a parecer que lo que ha bebido Alicia es peyote: se marea, tiene alucinaciones con unos seres que, si hemos de creer al director, representan algunos signos del zodíaco; vuelve la música psicodélica, la habitación se llena de agua mientras una pasmada Alicia se queda simplemente de pie con la mirada perdida, y los personajes del Lago de Lágrimas, que parecen escapados de un Circo del Sol de muy bajo presupuesto, llegan agitando los brazos para fingir que nadan. Eduardo Plá calificó esta escena nada menos que de “aquelarre cósmico”.

El Ratón (Ernesto Leal) le pregunta a Alicia por qué llora (aunque Alicia no ha llorado ni un solo momento) y la ayuda a salir del agua y reunirse con sus amigos. Tras una Carrera Loca que apenas se aprecia, Alicia reparte regalos que han aparecido mágicamente en sus manos, y el Ratón, a su vez, le regala un huevo, aconsejándole que lo ponga junto a su oído porque oirá una hermosa música. Alicia así lo hace, y además de escuchar una melodía es teleportada al bosque que había visto tras la puerta. Para su comodidad, vuelve a tener medias y zapatos.

El huevo desaparece de sus manos, pero entonces se encuentra con Humpty Dumpty (Bruno Llacer), con quien tiene una conversación que más o menos sigue la original, aunque mucho más corta. Un lacayo del rey viene en barca a buscar a Humpty Dumpty. Alicia le ayuda a subir a la barquita, y mientras se alejan, el "huevo parlanchín" le dedica una canción, con tanto entusiasmo que acaba cayéndose al agua, y Alicia ríe muy divertida desde la orilla. Humpty Dumpty vuelve a la barca, y Alicia sigue paseando por el bosque.





Poco después, alguien la llama por su nombre: es un irreconocible Conejo Blanco, que lleva ropa completamente distinta (viste de bandera argentina, de blanco y azul, y con soles amarillos pintados en los párpados), no tiene orejas, juega con bengalas, y aparece y desaparece entre nubes de humo ante una atónita Alicia. Cuando al fin se queda con ella (después de darle un buen susto, tocando una corneta a su espalda), Alicia le pregunta sin rodeos qué ha pasado con sus orejas y su reloj; el Conejo responde que se quitó las orejas porque le molestaban, y regaló el reloj porque siempre lo llevaba de un lado a otro. El Conejo presume de su ropa nueva; dice que es para ir al desfile de la Reina, e invita a Alicia a unirse a todos los participantes: "estarán la Duquesa, y el Rey, y el Gato de Cheshire, y el Hombre del Sombrero... y será un desfile muy hermoso, muy hermoso, lo que se dice hermosísimo", tras lo cual vuelve a desaparecer, y Alicia sigue paseando por la orilla del río.








Tras ese encuentro con el Conejo, que es exclusivo de la película, Alicia va conociendo a otros personajes, como la Oruga (Roberto Granados), los dos Lacayos, la Duquesa (Evelyn Rodríguez) y la Cocinera (Ángela da Silva), el Gato de Cheshire (Rubén Fraga), el Sombrerero (Nano Gruberg), la Liebre de Marzo (Sally Cutting) y el Lirón (probablemente creditado, pero sin identificar). Pero pasa muy poco tiempo con ellos, y aunque los diálogos son fieles al texto original, se reducen a lo mínimo.





Siguiendo con su paseo, Alicia acaba encontrando a unos Soldados- Carta muy poco marciales que bailan y saltan en medio del bosque, y se une a ellos. Están también el Conejo, quien le deja a Alicia tocar su corneta (casi suena mejor de lo que es), aparentemente el Rey y la Reina de Corazones, y un personaje inidentificable: parece un Caballo, pero no hay caballos en el País de las Maravillas, y tampoco es, por la evidente falta de cuerno, el Unicornio de A Través del Espejo (si llegara a ser el misterioso caballo de la orquesta de música afónica, me explotaría la cabeza). 

Pero de repente la escena es una extensa pradera en que están varios Soldados- Carta junto al arbusto más raquítico de Río de la Plata, y admiten que debería ser un rosal lleno de rosas, pero que en vez de eso han puesto caracoles en unas ramas secas esperando que den el pego, en lo que indiscutiblemente es el mejor chiste de la película. Llegan entonces el Rey (Ricardo Bouzas) y la Reina (Martha Serrano), la cual es muy poco amenazante, con su séquito. Tras mandar algunas decapitaciones que nadie se toma en serio, y permitir que Alicia le tire de sus ropajes sin más que un “¡Oh!” de sorpresa, la Reina se dirige a su partida de croquet, Alicia se reúne con el Conejo, y la comitiva sigue charlando tranquilamente. 

El campo de croquet está instalado en la playa. Los mazos son normales, y las pelotas son... ¿cabezas?, que no ruedan muy bien, por lo que requieren muchos golpes para avanzar, y la partida se vuelve confusa. El juego le parece “aburridor” a Alicia, y así se lo dice al Gato de Cheshire, que aparece para preguntarle cómo le va y se muestra impertinente ante el Rey, el cual, como es sabido, ordena cortarle la cabeza, a lo que el verdugo responde con mucha lógica que “¡Cómo voy a cortarle la cabeza, si no tiene cuerpo!”. Alicia (de nuevo descalza, por cierto) tiene su conversación con la Duquesa sobre las moralejas y el movimiento del mundo, y después (calzada con botas blancas) se encuentra con el Grifo (Paulino Andrada) y la Tortuga Falsa (Paula La Reina). 

Tras una breve conversación en que Alicia está continuamente acuclillándose y levantándose, el Grifo la coge por una mano y la lleva a tirones al “proceso”, en una improvisada sala de tribunales en el mismo escenario blanco sin líneas definidas del principio. El Conejo lee la acusación, el Rey grita mucho, la Reina ordena algunas ejecuciones que pasan totalmente desapercibidas, los testigos declaran, y se cita a Alicia, quien causa un revuelo inexplicable porque todavía tiene el mismo tamaño que todos los demás personajes. El Rey lee el artículo 42 e insta a Alicia a abandonar la sala, a pesar de que no ha cambiado de tamaño lo más mínimo. A las amenazas de la Reina, Alicia responde desafiante “¡Si no son más que una baraja de cartas!”, y los personajes… desaparecen. Simplemente desaparecen, uno a uno o por grupos, sin decir nada. Entonces Alicia despierta en el regazo de su hermana, exclama “¡Tuve un sueño extrañísimo!”, y la película termina de modo muy modesto, con dos minutos de recopilación de los mejores momentos, y un discreto “Fin” en la esquina inferior derecha.

Me la esperaba peor, pero realmente es mala.

Esta Alicia es una rareza. Como comentábamos al principio, no es obra de un cineasta de carrera sino de un artista plástico que experimentó con cortometrajes y se animó, en 1973, a extender uno de ellos. Pero no solo tuvo que vérselas con su falta de experiencia en largometrajes, con la tensión constante de una vigilancia censora y con un elenco de actores dudosamente profesionales (de la actriz protagonista, Mónica von Reust, no consta ningún otro papel), sino también  con un presupuesto reducido. “La hacíamos los fines de semana, cuando podíamos”, declara Eduardo Plá, “Teníamos poca plata”.

Eduardo Plá hizo lo que pudo con esa poca plata. Aunque él mismo residió la mayor parte de su vida en Europa, mostró algo de amor patrio al rodar los primeros minutos en algunas localizaciones de  Buenos Aires (muy notablemente, durante el desfile de carrozas de la Avenida de la Fe) y al vestir al Conejo con los colores de su bandera, e improntó el sello de la cultura urbana de los 70 al introducir música y animaciones psicodélicas y referencias a las drogas alucinógenas. Y estos elementos no son, para nada, los que estropean la película. Cada versión es hija de su tiempo, y el cambiar la localización de Oxford a Buenos Aires o trabajar con escenarios minimalistas no hace a esta Alicia menos que las demás; al contrario, le da carácter, le aporta la riqueza de una lectura personal. Pero el montaje de esta producción es tan tosco y tan poco creativo que desluce cualquier virtud.


La pobreza del vestuario, la falta de ensayo de los actores, los fallos de raccord y la precariedad técnica de esta película causan dolor ajeno. Alicia pierde y recupera sus medias y sus zapatos sin patrón aparente; los personajes aluden a hechos de los que no se les ha informado con anterioridad; el bebé- cerdito de la Duquesa es claramente un cerdito desde el principio; el Conejo pierde los únicos rasgos que lo caracterizan como tal; el Gato de Cheshire se coloca un antifaz sujeto con una varilla; la Liebre es simplemente una chica con coletas, y el Lirón un señor con gorro de dormir. No es fácil pasar desapercibido el hecho de que, cuando para entrar en el País de las Maravillas el Conejo y Alicia se meten en el ascensor (según Mitrovich y Wainziger, el ascensor y las escaleras mecánicas de ese centro comercial eran “los únicos de la época en Argentina”), el Conejo tiene que cerrar la puerta automática con sus propias manos.

Por otra parte, hay pocas contribuciones de los guionistas al texto original, lo que tampoco debería ser malo si la ausencia de plumas ajenas permitiera manifestarse a Carroll en todo su esplendor. Pero los diálogos entre Alicia y los personajes del País de las Maravillas, aunque se mantienen, se acortan de un modo inexplicable. Muchos minutos de metraje entre escena y escena se dedican simplemente a mostrar a Alicia paseando sola por el bosque. Mitrovich y Wainziger consideran que estas largas transiciones son “cuadros” en los que se manifiesta “una idea de gozo de libertad, asociada a la felicidad y el retorno a la naturaleza”, y que constituyen una forma de rebeldía de Plá frente al clima de opresión y miedo. Lamentablemente, al acortar tanto los brillantes diálogos de Carroll, se pierde mucho del encanto y la diversión que el relato supone, y lo que parece es que estén intentando ahorrar metraje o sueldo por palabras. El pasaje de la Loca Fiesta del Té o Merienda de Locos, uno de los más celebrados del libro, y en el cual los cineastas ponen todo su empeño en versionar de forma brillante, dura menos de tres minutos.

En el apartado técnico, la película es un quilombo. Los cortes de imagen en las apariciones y desapariciones del Conejo y el Gato son tan sutiles como una patada en la cara. El momento en que Humpty Dumpty vuelve a la barca es simplemente la escena en la que se caía, rebobinada, lo que sería hasta gracioso si no diera la punzante sensación de que no podían permitirse grabar una nueva. Los personajes fingen que van a cámara lenta ondeando los brazos y moviéndose despacio. El que el Conejo se desprenda de sus orejas a mitad de la película me hace pensar que el actor las perdió en el bosque y que no había dinero para ir a una tienda de disfraces baratos y comprar otras, y el chiste de poner caracoles en un arbusto para hacerlo pasar por un rosal de verdad parece motivado más por la necesidad que por el ingenio. En la escena del desfile, hay un personaje que cae al suelo y es ayudado por otro a levantarse, y no parece para nada que estuviera en el guión. Por motivos que escapan a mis más bien modestos conocimientos de lenguaje cinematográfico, en ocasiones los personajes hablan de espaldas a la cámara, o se filman planos medios cuando el paisaje no es importante y sería más valioso poder ver la acción con detalle.

Por otra parte, y por razones que también cuesta entender, Alicia toca y acaricia a otros personajes, quienes también le tocan el rostro o el pelo, lo que puede hacerse incómodo teniendo en cuenta que la actriz es una adolescente y la mayoría de personajes son interpretados por hombres adultos con un disfraz tan somero - siendo generosos con el término - que no permite la suspensión de la incredulidad. El espectador no puede llegar a imaginarse al Gato o al Conejo: ve claramente a una jovencita pasando la mano por el muslo de un tipo muy maquillado. ¿Es intencionado? ¿Es accidental? ¿Es símbolo de cómo la inocente Argentina se somete al estado opresor? ¿Debemos preocuparnos? 

La película no es buena: no tiene recursos, libertad ni inspiración para serlo. Es una adaptación bastante reducida, si bien fidedigna, de las escenas y los textos de Carroll. Seguramente la idea original de película-denuncia de Plá habría dado más que comentar, pero lo que hizo al final acabó siendo simplón y olvidable. ¿Es lo peor? No, lo peor es tener el dinero de Walt Disney y el talento de Tim Burton y emplearlos en hacer esto. Pero la Alicia de Eduardo Plá no es lo peor; es una versión mediocre que se hizo como se podía y con lo que se tenía. Como resume con acierto un agudo comentarista de internet: “Es lo malo cuando querés hacer una película pero solo contás con 15 pesos de presupuesto”.

Fuentes:

MITROVICH, Valentina; WAINZIGER, Francisco. "Alicia en el país. Representaciones en un film argentino de 1976".
Cine nacional
Espacio Pla 
Internet Movie Database

2 de enero de 2019

Alicia y los sueños de la razón. Conferencia de Alberto Manguel, 20/03/ 2015 (preguntas del público)




Al terminar su magnífica ponencia, Alberto Manguel fue tan amable de responder las cuestiones y comentarios de los oyentes, y de firmar libros después. Transcribo a continuación las preguntas del público y las respuestas que ofreció el profesor. La conferencia en sí está transcrita en tres partes: prima, secunda y tertia.

OYENTE: ¿Qué opina de la versión animada de Disney?
ALBERTO MANGUEL: He visto unas seis adaptaciones cinematográficas de Alicia, y ésta es la que más me gusta. Hay algo en ella que retiene el absurdo, que respeta el espíritu de Carroll. La que no me gusta nada es la de Tim Burton: este director piensa que necesitamos una interpretación freudiana del cuento.

OYENTE: Tras escapar de la casa del Conejo, en el bosque, Alicia se encuentra con un cachorrillo. El perrito es de tamaño normal, pero Alicia es muy pequeña y teme que la muerda o la pise. El perrito no habla, no se dirige a ella; Alicia le tira un palo para que lo persiga y ella sale corriendo en dirección contraria. Se ha interpretado que el perrito está soñando también, durmiendo como Alicia, y ha ido a parar al País de las Maravillas. El País de las Maravillas, ¿es el mismo para todos nosotros? ¿Es el mismo para una niña y para un perrito?
A.MANGUEL: No conocía esa interpretación. Qué linda. El País de las Maravillas es ejemplar, en el sentido que Cervantes daba a la palabra: es un lugar de ensueño que nos acoge a todos, con la visión que cada uno tiene de la locura, pero también de la belleza. Recordará usted que al final, después de que Alicia le haya contado su sueño a su hermana, ésta comienza a fantasear y medio a soñar con el País de las Maravillas que acaba de serle descrito, pero que su impresión del País de las Maravillas es la de “los recuerdos de infancia y los felices días de verano”. El País de las Maravillas es para cada uno lo que llevamos dentro.

OYENTE: Tiene usted detrás al Gato de Cheshire, que sonríe [el oyente se refiere a una proyección en la pared del fondo]. No sé si se ríe de usted, de mí, de todos los presentes… [Alberto Manguel interrumpe: “de todo lo que acabo de decir”]. Como se pregunta Alicia, ¿por qué sonríe el Gato de Cheshire?
A. MANGUEL: Carroll confía en el lenguaje. La expresión “sonreír como un gato de Cheshire” ha sido debatida, pero a Carroll no le importa: él recibe la maravillosa posibilidad que le ofrece esa frase. Ahí está la sonrisa, y quien lee la obra siempre piensa en una sonrisa como la del Gato. Personalmente, a mí me recuerda a la sonrisa de Beatriz, pero no me atrevería a decirlo en un congreso de dantistas [el público ríe].

OYENTE: ¿Existe un personaje contemporáneo que nos invite, como Alicia, a cuestionar la locura del mundo que nos rodea?
A. MANGUEL: La comparación no es mía, pero he leído que Holden, del… del Cazador del centeno [sic], es su equivalente moderno. Personalmente, yo la comparo con Andrea, la protagonista de Nada, de Carmen Laforet. Podrían ser hermanas. Puede que escriba sobre ello.

OYENTE: ¿Recomendaría usted una lectura ebria de Alicia?
A. MANGUEL: ¿Insinúa usted que la leí estando borracho? [el público ríe].
OYENTE: No, no… solo digo que… un libro, así, onírico…
A. MANGUEL: No, no recomiendo una lectura bajo la influencia del alcohol, ni de esta obra ni de ninguna otra. Me gusta tener todos los sentidos despiertos cuando entro en mundos de ficción.

OYENTE: ¿Cree que Alicia sueña con los pies en el suelo?
A. MANGUEL: Sí, lo creo.

OYENTE: ¿No es algo desconcertante que Alicia celebre su 150 cumpleaños?
A. MANGUEL: Tiene usted razón. Feliz no-cumpleaños, por cierto.

OYENTE: ¿No es Alicia un libro inquietante y difícil para niños?
A. MANGUEL: Por suerte. Subestimamos la inteligencia de los niños cuando creemos que solo quieren cosas fáciles. Somos nosotros, los adultos, quienes queremos que todo sea fácil, que todo salga rápido y bien. A los niños les gustan los retos, la complejidad. Los niños no tienen miedo a la muerte: quieren que haya un lobo, y que se coma a la abuela [el público ríe]. Nosotros nos equivocamos cuando seleccionamos y purgamos la literatura para niños. Las primeras experiencias del miedo deberían venir a través de la imaginación, que así nos prepara para el miedo del mundo real.

OYENTE: Hace poco se emitió por la BBC un documental sobre la vida de Carroll, que mostraba una fotografía de Lorina Liddell, supuestamente tomada por él, muy inquietante. Si se confirmara que Carroll era pedófilo, ¿dejaríamos de quererlo, y de amar su obra?
A. MANGUEL: Defina usted “pedófilo”.
OYENTE: [confuso] Era… era una foto muy inquietante…
A. MANGUEL: A Carroll le gustaba el cuerpo infantil de un modo estético, incluso erótico, pero jamás habría realizado ni aprobado un acto sexual con niñas. Somos hipócritas al condenar una parafilia cuando solo existe en la imaginación. Una foto de una niña desnuda es estéticamente bella, y solo nos escandalizamos si nosotros ponemos la perversión. Algo se convierte en pornográfico si nosotros decidimos que lo es… por ejemplo, que una mujer muestre el pecho en público es escandaloso, pero deja de serlo al instante si se pone a amamantar a un niño. Si acusamos a Carroll de ser un pervertido por apreciar el cuerpo de una niña, es que llevamos la perversión con nosotros.

Notas:

El libro protagonizado por Holden, cuyo título no acaba de recordar Alberto Manguel, es El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

El documental al que se refiere el oyente de la última pregunta es The Secret World of Lewis Carroll, producido y dirigido por Clare Beavan, presentado por Martha Kearney, y emitido por primera vez el 31 de enero de 2015 en BBC Two. El programa, en efecto, levantó ampollas entre académicos por su presentación tendenciosa e indocumentada de Lewis Carroll como un “pedófilo reprimido”. Mi reseña y resumen del artículo pueden leerse en esta entrada.

29 de diciembre de 2018

Alicia y los sueños de la razón. Conferencia de Alberto Manguel, 20/03/ 2015 (parte 3)


Tercera y última parte de la ponencia del profesor Alberto Manguel “Alicia y los sueños de la razón”. La primera parte se puede leer aquí y la segunda aquí.

Tercera parte. Crisis de identidad.

Como lectores, nosotros reconocemos los temas de Alicia: soledad, tristeza, servidumbre forzosa, crisis de identidad, familia disfuncional, conocimiento de crímenes impunes y castigos injustos, y la lucha entre razón y sinrazón. Se preguntaba Hamlet cómo podemos definir la locura sin estar locos. Alicia, a pesar de la locura que la rodea, poco tiene que ver con el príncipe de Dinamarca. Ella no insiste en buscar pruebas de lo que está claro, y cree en la acción inmediata. Las palabras no son solo palabras, y los actos son buenos o malos independientemente del pensamiento. Alicia no desea que su sólida carne se derrita, ni bebe veneno como Gertrude. Y cuando se ve encerrada, no en una cáscara de nuez sino en la casita del Conejo, ella pugna por salir.

Educada en los rígidos preceptos victorianos frente a los más laxos isabelinos, Alicia cree en la disciplina y en la tradición, y no tiene tiempo para andarse con digresiones. Se enfrenta a la sinrazón con la lógica: sabe que es la manera de dar sentido al sinsentido y la emplea sin piedad contra sus mayores y contra la autoridad que encarnan.

Hace poco, en televisión, vi un programa sobre medio ambiente en que debatían el representante de una petrolera y una monjita. La monja acusaba a la petrolera de haber contaminado el agua de un pequeño pueblo cercano a la refinería. El representante de la petrolera respondió arrogantemente: “Usted dice que el agua del pueblo está contaminada. ¿Por qué será que no la creo?”. A lo que la monjita respondió, en uno de esos deliciosos momentos que a veces nos ofrece la televisión: “Porque usted es estúpido”.

A Alicia le atormenta no saber quién es, o dejar de serlo. Por eso, a la pregunta de la Oruga, responde: “El caso es que sé muy bien quién era esta mañana, al levantarme, pero desde entonces he debido de sufrir varias transformaciones”. Antes, al encoger, ya se había preguntado qué ocurriría si acabara desapareciendo del todo, “como la llama de una vela”; una duda equivalente y con la misma metáfora es la que le hará llorar de angustia en A través del espejo, cuando Tweedledee y Tweedledum le dicen que no es más que algo soñado por el Rey Rojo: “Si ahora el Rey se despertara, tú te esfumarías como se esfuma una vela cuando se acaba la mecha”. El problema se remonta a la antigua China, cuando un filósofo soñó que era una mariposa, y al despertar ya no sabía si era un filósofo que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que estaba soñando ahora ser un filósofo.

Las dudas sobre la identidad de Alicia son constantes en ambos libros. Alicia se pregunta si puede haberse convertido en Ada o en Mabel; el Conejo Blanco la confunde con su criada Mary Ann; la Paloma la cree una serpiente; las flores la toman por otra flor; y el Unicornio está convencido de que las niñas son criaturas imaginarias. Somos lo que somos en el momento en que otra persona nos reconoce. Pero Alicia tiene una manera diferente de ver las cosas: se pregunta quién es y se niega a ser alguien que no quiera. Así lo decide después de sus primeros cambios de tamaño: “No les servirá de nada que asomen la cabeza y digan: ‘¡Sube, cariño!’ Me limitaré a mirar hacia arriba y diré: “A ver, ¿quién soy? Decídmelo primero, y si me gusta ser esa persona, subiré; si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea otra”. Si parece que las cosas no tienen sentido, Alicia se encargará de elegir el sentido que ella quiera.


A pesar de su evidente locura – y con esto termino – nuestro mundo nos sugiera que puede tener un sentido. Las aventuras de Alicia se desarrollan con precisión y coherencia, lo que indica que hay cierta lógica en su absurdo, algo que siempre está a punto de revelarse. La locura no es ni inocente ni arbitraria. Mitad epopeya y mitad sueño, la invención de Carroll está entre la tierra que conocemos y un reino imaginario: nuestras verdades más profundas en un maravilloso cuento.


Fuentes:

Alicia en el País de las Maravillas. A través del espejo, Lewis Carroll. Ed. Manuel Garrido. Cátedra, Madrid, 2001.
Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll. Ed. Pilar Torralba Álvarez. Akal, Madrid, 2005.
The Annotated Alice, Lewis Carroll. Ed. Martin Gardner. Penguin, Londres, 2001.

28 de diciembre de 2018

Alicia y los sueños de la razón. Conferencia de Alberto Manguel, 20/03/ 2015 (parte 2)

Segunda parte de la ponencia de Alberto Manguel “Alicia y los sueños de la razón”. La primera se puede leer aquí.

Segunda parte. Lógica y locura en el País de las Maravillas.

Alicia no se lee como un cuento infantil. En la Divina Comedia, Santa Matilda le dice a Dante que la Edad de Oro de la literatura es un reflejo en la tierra del paraíso perdido. Del mismo modo, puede que el País de las Maravillas sea el recuerdo de un estado de razón perfecto que, visto desde las convenciones sociales, parece una locura. Por ese motivo, el País de las Maravillas no es solo inglés ni victoriano: es universal y atemporal. Solo las hermanas Liddell y el Rev. Duckworth estuvieron presentes en su creación, pero, desde ese día, el País de las Maravillas apareció en la literatura como un Jardín del Edén: un lugar que sabemos que existe, aunque nunca lo pisemos. “No está en ningún mapa;”, dice Ismael acerca de Rokovoko, la isla natal de Queequeg, “los lugares verdaderos nunca lo están”.

El País de las Maravillas no es una alegoría del alma, ni una parábola cristiana, ni una fábula distópica como las de Huxley y Orwell. El País de las Maravillas es el lugar donde, más allá de lo demente que sea, nos encontramos cada día, siguiendo las instrucciones del Rey de Corazones: “Comienza por el comienzo, y continúa hasta el final: entonces, deténte”.

Alicia está equipada con una sola cosa para sus aventuras: el lenguaje. Con palabras, Alicia descubre la diferencia entre lo que las cosas son y lo que parecen ser. Podemos intentar hallar lógica en la locura, pero la verdad, como dice el Gato, es que no podemos elegir: vayamos donde vayamos, estamos rodeados de locos. Las palabras revelan a Alicia el único hecho incontrovertible del mundo: todos estamos locos. Podemos, como Alicia, ahogarnos nosotros y ahogar a los demás en nuestras propias lágrimas; podemos creer, como el Dodo, que, corramos por donde corramos y lleguemos cuando lleguemos, todos podemos exigir un premio; podemos, como el Conejo Blanco, ir siempre con prisas y dar cuantas órdenes se nos antoje; podemos, como la Oruga, cuestionar la identidad de nuestros semejantes aun cuando estemos a punto de perder la nuestra. Creemos, como la Duquesa, que podemos cuestionar el enojoso comportamiento de los jóvenes, sin preguntarnos a qué es debido; creemos, como el Sombrerero, que somos los únicos con derecho a un cubierto limpio en una mesa puesta para muchos. Como la Reina, mandamos cortar la cabeza a los que se ven incapaces de obedecer órdenes absurdas. El sistema escolar del Galápago y el judicial de la Corte fracasan en su intento de aportar orden al caos.

Pero pocos de nosotros, ante tanta locura, nos ponemos en pie como Alicia y nos negamos a cerrar la boca.


Fuentes:

Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll. Ed. Pilar Torralba Álvarez. Akal, Madrid, 2005.
Moby Dick; Or the Whale, Herman Melville. Ed. The Project Gutenberg.

27 de diciembre de 2018

Alicia y los sueños de la razón. Conferencia de Alberto Manguel, 20/03/ 2015 (parte 1)


Foto: ASALE

El 20 de marzo de 2015, en Barcelona, tuve el inmenso honor de asistir a una conferencia del profesor Alberto Manguel, uno de los escritores contemporáneos que con más acierto, profundidad y delicadeza ha interpretado los libros de Alicia. Sabio de las letras, docto en Dante y en Borges, explorador de mundos imaginarios, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) se declara rendido amante de Alicia y su país maravilloso en muchos de sus artículos, entrevistas y ensayos. La conferencia, auspiciada por el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona) a propósito del 150 aniversario de la publicación de Alicia en el País de las Maravillas, reveló no solo un vasto y penetrante conocimiento de la obra sino también una exquisita sensibilidad en su lectura.

Reproduzco íntegramente la ponencia del profesor Manguel, más la ronda de preguntas del público, a partir de mis propios apuntes. Para mayor comodidad de lectura, divido el texto en cuatro partes: tres para el discurso y una para las preguntas y respuestas.

Primera parte. Sobre la génesis de Alicia.

De todos los milagros que jalonan la historia de la literatura, pocos son tan sorprendentes como el del nacimiento de Alicia. La tarde del 4 de julio de 1862, el Rev. Charles Lutwidge Dodgson, con su amigo el Rev. Duckworth, acompañó a tres de las hijas del decano Liddell – Lorina, Alice y Edith – a una excursión en barca por el río Támesis. “El sol quemaba tanto”, recordaría Alice, “que tuvimos que desembarcar en los prados junto al río, abandonando la barca para buscar refugio en el único trocito de sombra que encontramos, al pie de un almiar recién hecho. Aquí surgió de las tres la sempiterna petición de ‘cuéntenos una historia’, y así empezó el delicioso cuento.  A veces, para pincharnos – y quizá porque también estaba muy cansado – el sr. Dodgson se detenía de repente y decía: ‘Y eso es todo hasta otro momento’, y las tres exclamábamos: ‘¡Pero si ya es otro momento!”.

Cuando regresaron, Alice le pidió a Charles Dodgson que le escribiera las aventuras que le había contado. Dodgson se puso a ello esa misma noche, y en 1864 le ofreció a Alice un manuscrito, titulado Las aventuras de Alicia bajo tierra y primorosamente ilustrado por él mismo, que desde entonces ocuparía una lugar destacado en el salón de los Liddell y sería mostrado con orgullo a las visitas. Tres años después de la excursión, en 1865, McMillan lo publicó con el título Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Hoy este libro cumple 150 años. Feliz cumpleaños, Alicia.

Alicia fue creada, literalmente, sobre el hombro de Duckworth, quien recuerda: “Yo remaba de popa y él de proa en la famosa excursión a Godstow, durante las vacaciones de verano, con las tres señoritas Liddell como nuestras pasajeras; y de hecho la historia fue compuesta y contada sobre mi hombro en atención a Alice Liddell, que era el ‘patrón’ de nuestra canoa. Recuerdo que me di la vuelta y dije: ‘Dodgson, ¿es esto una de tus improvisaciones? Y me contestó: ‘Sí, me lo estoy inventando sobre la marcha’”. La mayor parte de la historia, salvo algunos añadidos posteriores como la Fiesta del Té, nació en aquellas horas.

La verdad es increíble. Respecto a otro País de las Maravillas – la Divina Comedia de Dante – Mandelstam dijo: “ninguna obra es fruto de un instante de inspiración”. En el caso de Alicia, parece que ocurrió precisamente eso que parece imposible. No hay duda de que Carroll ya tenía en su cabeza muchos de los chistes y juegos de palabras que luego utilizaría, porque siempre los tenía a mano para entretener a los niños… o, más concretamente, a las niñas, ya que, en sus famosas palabras “me gustan los niños, excepto los varones”. Pero, cuando las aventuras de Alicia fueron seguidas por A través del espejo – libro que sí se benefició del tiempo y la reflexión que normalmente se necesitan para escribir una novela – encontramos que el sofisticado juego de ajedrez no es mejor que la loca partida de cartas. A pesar de la improvisación en la concepción de una, y la elaboración de la otra, ambos mundos se originaron en la misma “tarde dorada”.

Se dice que los místicos reciben la inspiración divina para crear una obra poética, pero no hay testigos de esos milagros. En el caso de Alicia, sin embargo, el testimonio del Rev. Duckworth parece intachable.

Fuentes:

Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll. Ed. Pilar Torralba Álvarez. Akal, Madrid, 2005.

The Annotated Alice, Lewis Carroll. Ed. Martin Gardner. Penguin, Londres, 2001.

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