Alicia en el País de las Maravillas
es el único largometraje de la breve carrera cinematográfica del artista
plástico argentino Eduardo Plá (1952- 2012). En un período de diez años, Plá realizó esta
película y nueve cortometrajes, uno de los cuales, "Los sueños de
Alicia", también estaba relacionado con la obra de Carroll. Su versión de
Alicia combina los elementos clásicos del cuento con referencias a la cultura
contemporánea del cineasta, como la música y la imaginería psicodélica, y
escenarios modernos y urbanos que contrastan con un País de las Maravillas más
o menos canónico. Se estrenó en el cine Premier de Buenos Aires, el 9 de diciembre de 1976.
Vale la pena decir que, inicialmente, Eduardo Plá no quería filmar una versión "normal" de Alicia, sino una parodia/ adaptación titulada Alicia en el País del Subdesarrollo. Teniendo en cuenta que, en su propio país, la opresión en los años previos al golpe de estado de 1976 crecía a pasos agigantados, no era lo que se dice la mejor de las ideas. "Entonces empecé llevando a Alicia con una máscara de gas adonde queman la basura", relata Eduardo Plá, "y vino la policía y nos llevan presos. "¿Qué están haciendo acá?", "Filmando Alicia en el País de las Maravillas", "Ah, ¿sí? No te hagás el vivo..." Y nos llevaron a todos presos. Varias veces". Tales incidentes hicieron reconsiderar a Plá su idea de película-protesta, y cabalmente decidió realizar en su lugar una adaptación casi al pie de la letra del libro de Carroll. Cuando se estrenó la película, Argentina estrenaba a su vez una dictadura fresca y reluciente.
Tras unos créditos de apertura con
dibujos muy coloridos e inocentes, letras en minúscula, y una breve y dulce
canción introductoria, la película comienza de modo bastante ortodoxo, con
Alicia (Mónica von Reust) y su hermana (Tina Wright), que van a leer a la
orilla del río. Alicia nos explica, en off, que estas excursiones la aburren
(¡si por lo menos el libro tuviera dibujos!), e inmediatamente aparece el
Conejo Blanco (Carlos Lorca). Alicia decide que el extraño Conejo es más
entretenido que el libro de su hermana, y se levanta para correr tras él. Sin
embargo, en vez de internarse en el bosque, el Conejo se escabulle en la
ciudad, se mezcla con un vistoso desfile, e intenta perderse de vista por las
galerías de un centro comercial. Alicia lo sigue tenazmente, hasta que consigue
plantarse delante de él, y lo saluda con una cortesía. Al principio el Conejo
la ignora, pero poco después, mientras bajan por unas escaleras mecánicas, le
sonríe y le tiende la mano para llevarla a su "madriguera", que es un
ascensor por el que "caen" hacia el País de las Maravillas, con la
imagen intermitente del Conejo y Alicia enmarcados en cuadros de colores, y una
música psicodélica que la acompaña.

Alicia llega, sola, y habiendo
perdido su pamela y su calzado, a un sala completamente blanca sin paredes,
suelo ni techo definidos, solo una puertecita.
Alicia se agacha, se asoma y se ve a
sí misma paseando por un bosque. En una mesita aparece una pequeña llave con la
que abre la puerta (“¡Qué extraño es todo esto!”, se dice Alicia), y luego el
frasco de poción “bébeme”.

Y no llevamos ni
quince minutos de película, pero ya comienza a parecer que lo que ha bebido
Alicia es peyote: se marea, tiene alucinaciones con unos seres que, si hemos de creer al director, representan algunos signos del zodíaco; vuelve la música psicodélica, la habitación se llena de agua mientras una pasmada Alicia se queda simplemente de pie con la mirada perdida, y los
personajes del Lago de Lágrimas, que parecen escapados de un Circo del Sol de
muy bajo presupuesto, llegan agitando los brazos para fingir que nadan. Eduardo Plá calificó esta escena nada menos que de “aquelarre cósmico”.
El
Ratón (Ernesto Leal) le pregunta a Alicia por qué llora (aunque Alicia no ha
llorado ni un solo momento) y la ayuda a salir del agua y reunirse con sus
amigos. Tras una Carrera Loca que apenas se aprecia, Alicia reparte regalos que
han aparecido mágicamente en sus manos, y el Ratón, a su vez, le regala un
huevo, aconsejándole que lo ponga junto a su oído porque oirá una hermosa
música. Alicia así lo hace, y además de escuchar una melodía es teleportada al
bosque que había visto tras la puerta. Para su comodidad, vuelve a tener medias y zapatos.
El huevo desaparece de sus manos,
pero entonces se encuentra con Humpty Dumpty (Bruno Llacer), con quien tiene
una conversación que más o menos sigue la original, aunque mucho más corta. Un
lacayo del rey viene en barca a buscar a Humpty Dumpty. Alicia le ayuda a subir
a la barquita, y mientras se alejan, el "huevo parlanchín" le dedica
una canción, con tanto entusiasmo que acaba cayéndose al agua, y Alicia ríe muy
divertida desde la orilla. Humpty Dumpty vuelve a la barca, y Alicia sigue
paseando por el bosque.

Poco después, alguien la llama por su
nombre: es un irreconocible Conejo Blanco, que lleva ropa completamente distinta (viste de bandera argentina, de blanco y azul, y con soles amarillos pintados en los párpados),
no tiene orejas, juega con bengalas, y aparece y desaparece entre nubes de humo
ante una atónita Alicia. Cuando al fin se queda con ella (después de darle un
buen susto, tocando una corneta a su espalda), Alicia le pregunta sin rodeos
qué ha pasado con sus orejas y su reloj; el Conejo responde que se quitó las
orejas porque le molestaban, y regaló el reloj porque siempre lo llevaba de un
lado a otro. El Conejo presume de su ropa nueva; dice que es para ir al desfile
de la Reina, e invita a Alicia a unirse a todos los participantes:
"estarán la Duquesa, y el Rey, y el Gato de Cheshire, y el Hombre del
Sombrero... y será un desfile muy hermoso, muy hermoso, lo que se dice
hermosísimo", tras lo cual vuelve a desaparecer, y Alicia sigue paseando
por la orilla del río.

Tras ese encuentro con el Conejo, que
es exclusivo de la película, Alicia va conociendo a otros personajes, como la
Oruga (Roberto Granados), los dos Lacayos, la Duquesa (Evelyn Rodríguez) y la
Cocinera (Ángela da Silva), el Gato de Cheshire (Rubén Fraga), el Sombrerero
(Nano Gruberg), la Liebre de Marzo (Sally Cutting) y el Lirón (probablemente
creditado, pero sin identificar). Pero pasa muy poco tiempo con ellos, y aunque
los diálogos son fieles al texto original, se reducen a lo mínimo.

Siguiendo con su paseo, Alicia acaba
encontrando a unos Soldados- Carta muy poco marciales que bailan y saltan en
medio del bosque, y se une a ellos. Están también el Conejo, quien le deja a
Alicia tocar su corneta (casi suena mejor de lo que es), aparentemente el Rey y
la Reina de Corazones, y un personaje inidentificable: parece un Caballo, pero
no hay caballos en el País de las Maravillas, y tampoco es, por la evidente
falta de cuerno, el Unicornio de A Través del Espejo (si llegara a ser el
misterioso caballo de la orquesta de música afónica, me explotaría la cabeza).
Pero de repente la escena es una extensa pradera en que están varios Soldados-
Carta junto al arbusto más raquítico de Río de la Plata, y admiten que debería ser un
rosal lleno de rosas, pero que en vez de eso han puesto caracoles en unas ramas
secas esperando que den el pego, en lo que indiscutiblemente es el mejor chiste de la película. Llegan entonces el Rey (Ricardo Bouzas) y la Reina
(Martha Serrano), la cual es muy poco amenazante, con su séquito. Tras mandar
algunas decapitaciones que nadie se toma en serio, y permitir que Alicia le
tire de sus ropajes sin más que un “¡Oh!” de sorpresa, la Reina se dirige a su
partida de croquet, Alicia se reúne con el Conejo, y la comitiva sigue
charlando tranquilamente.
El campo de croquet está
instalado en la playa. Los mazos son normales, y las pelotas son... ¿cabezas?,
que no ruedan muy bien, por lo que requieren muchos golpes para avanzar, y la
partida se vuelve confusa. El juego le parece “aburridor” a Alicia, y así se lo
dice al Gato de Cheshire, que aparece para preguntarle cómo le va y se muestra
impertinente ante el Rey, el cual, como es sabido, ordena cortarle la cabeza, a
lo que el verdugo responde con mucha lógica que “¡Cómo voy a cortarle la
cabeza, si no tiene cuerpo!”. Alicia (de nuevo descalza, por cierto) tiene su
conversación con la Duquesa sobre las moralejas y el movimiento del mundo, y
después (calzada con botas blancas) se encuentra con el Grifo (Paulino Andrada)
y la Tortuga Falsa (Paula La Reina).
Tras una breve
conversación en que Alicia está continuamente acuclillándose y levantándose, el
Grifo la coge por una mano y la lleva a tirones al “proceso”, en una
improvisada sala de tribunales en el mismo escenario blanco sin líneas
definidas del principio. El Conejo lee la acusación, el Rey grita mucho, la
Reina ordena algunas ejecuciones que pasan totalmente desapercibidas, los
testigos declaran, y se cita a Alicia, quien causa un revuelo inexplicable
porque todavía tiene el mismo tamaño que todos los demás personajes. El Rey lee
el artículo 42 e insta a Alicia a abandonar la sala, a pesar de que no
ha cambiado de tamaño lo más mínimo. A las amenazas de la Reina,
Alicia responde desafiante “¡Si no son más que una baraja de
cartas!”, y los personajes… desaparecen. Simplemente desaparecen, uno a
uno o por grupos, sin decir nada. Entonces Alicia despierta en el regazo de su
hermana, exclama “¡Tuve un sueño extrañísimo!”, y la película termina de modo
muy modesto, con dos minutos de recopilación de los mejores momentos, y un
discreto “Fin” en la esquina inferior derecha.
Me la esperaba peor, pero realmente
es mala.
Esta Alicia es una rareza. Como comentábamos al principio, no es obra de un cineasta de carrera sino de un artista plástico que
experimentó con cortometrajes y se animó, en 1973, a extender uno de ellos. Pero no solo tuvo que vérselas con su falta de experiencia en largometrajes, con la tensión constante de una vigilancia censora y con un elenco de actores dudosamente profesionales (de la actriz protagonista, Mónica von Reust, no
consta ningún otro papel), sino también con un presupuesto reducido. “La hacíamos los fines de semana, cuando podíamos”, declara Eduardo Plá, “Teníamos poca plata”.
Eduardo Plá hizo lo que pudo con esa poca plata. Aunque él mismo residió la mayor parte de su vida en Europa, mostró algo de amor patrio al rodar los primeros
minutos en algunas localizaciones de Buenos Aires (muy notablemente, durante el desfile de carrozas de la Avenida de la Fe) y al vestir al Conejo con los colores de su bandera, e improntó el sello de la cultura urbana de los 70 al introducir música y animaciones psicodélicas y referencias a las drogas alucinógenas. Y estos elementos no son, para
nada, los que estropean la película. Cada versión es hija de su tiempo, y el cambiar
la localización de Oxford a Buenos Aires o trabajar con escenarios minimalistas
no hace a esta Alicia menos que las demás; al contrario, le da carácter, le
aporta la riqueza de una lectura personal. Pero el montaje de esta producción
es tan tosco y tan poco creativo que desluce cualquier virtud.
La pobreza del vestuario,
la falta de ensayo de los actores, los fallos de raccord y la
precariedad técnica de esta película causan dolor ajeno. Alicia pierde y
recupera sus medias y sus zapatos sin patrón aparente; los personajes aluden a
hechos de los que no se les ha informado con anterioridad; el bebé- cerdito de
la Duquesa es claramente un cerdito desde el principio; el Conejo pierde los únicos rasgos que lo caracterizan como tal; el Gato de Cheshire se coloca un
antifaz sujeto con una varilla; la Liebre es simplemente una chica con coletas,
y el Lirón un señor con gorro de dormir. No es fácil pasar desapercibido el hecho de que, cuando para entrar en el País de las Maravillas el Conejo y Alicia se meten en el ascensor (según Mitrovich y Wainziger, el ascensor y las escaleras mecánicas de ese centro comercial eran “los únicos de la época en Argentina”), el Conejo tiene que cerrar la puerta automática con sus propias manos.
Por otra parte, hay pocas
contribuciones de los guionistas al texto original, lo que tampoco debería ser
malo si la ausencia de plumas ajenas permitiera manifestarse a Carroll en todo
su esplendor. Pero los diálogos entre Alicia y los personajes del País de las
Maravillas, aunque se mantienen, se acortan de un modo inexplicable. Muchos
minutos de metraje entre escena y escena se dedican simplemente a mostrar a
Alicia paseando sola por el bosque. Mitrovich y Wainziger consideran que
estas largas transiciones son “cuadros” en los que se manifiesta “una idea de
gozo de libertad, asociada a la felicidad y el retorno a la naturaleza”, y que
constituyen una forma de rebeldía de Plá frente al clima de opresión y miedo.
Lamentablemente, al acortar tanto los brillantes diálogos de Carroll, se pierde
mucho del encanto y la diversión que el relato supone, y lo que parece es que
estén intentando ahorrar metraje o sueldo por palabras. El pasaje de la Loca
Fiesta del Té o Merienda de Locos, uno de los más celebrados del libro, y en el
cual los cineastas ponen todo su empeño en versionar de forma brillante, dura
menos de tres minutos.
En el apartado técnico, la película
es un quilombo. Los cortes de imagen en las apariciones y desapariciones del
Conejo y el Gato son tan sutiles como una patada en la cara. El momento en que
Humpty Dumpty vuelve a la barca es simplemente la escena en la que se caía, rebobinada, lo que sería hasta gracioso si no diera la punzante sensación de
que no podían permitirse grabar una nueva. Los personajes fingen que van a
cámara lenta ondeando los brazos y moviéndose despacio. El que el Conejo se
desprenda de sus orejas a mitad de la película me hace pensar que el actor las
perdió en el bosque y que no había dinero para ir a una tienda de disfraces
baratos y comprar otras, y el chiste de poner caracoles en un arbusto para
hacerlo pasar por un rosal de verdad parece motivado más por la necesidad que
por el ingenio. En la escena del desfile, hay un personaje que cae al suelo y es
ayudado por otro a levantarse, y no parece para nada que estuviera en el guión.
Por motivos que escapan a mis más bien modestos conocimientos de lenguaje
cinematográfico, en ocasiones los personajes hablan de espaldas a la cámara, o
se filman planos medios cuando el paisaje no es importante y sería más valioso
poder ver la acción con detalle.
Por
otra parte, y por razones que también cuesta entender, Alicia toca y
acaricia a otros personajes, quienes también le tocan el rostro o el
pelo, lo que puede hacerse incómodo teniendo en cuenta que la actriz
es una adolescente y la mayoría de personajes son interpretados por
hombres adultos con un disfraz tan somero - siendo generosos con el
término - que no permite la suspensión de la incredulidad. El
espectador no puede llegar a imaginarse al Gato o al Conejo: ve
claramente a una jovencita pasando la mano por el muslo de un tipo
muy maquillado. ¿Es intencionado? ¿Es accidental? ¿Es símbolo de
cómo la inocente Argentina se somete al estado opresor? ¿Debemos
preocuparnos?
La película no es buena: no tiene recursos,
libertad ni inspiración para serlo. Es una adaptación bastante
reducida, si bien fidedigna, de las escenas y los textos de Carroll.
Seguramente la idea original de película-denuncia de Plá habría
dado más que comentar, pero lo que hizo al final acabó siendo
simplón y olvidable. ¿Es lo peor? No, lo peor es tener el dinero de
Walt Disney y el talento de Tim Burton y emplearlos en hacer esto.
Pero la Alicia de Eduardo Plá no es lo peor; es una versión
mediocre que se hizo como se podía y con lo que se tenía. Como
resume con acierto un agudo comentarista de internet: “Es lo malo
cuando querés hacer una película pero solo contás con 15 pesos de
presupuesto”.