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24 de febrero de 2019

Harry Furniss (1854 – 1925)


Harry Furniss en 1880.

Henry Furniss, más conocido como Harry Furniss, fue un artista, dibujante de viñetas y actor cómico irlandés. De padre inglés y madre escocesa, Furniss se educó en el Wesley College de Dublín, pero desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en Inglaterra y él mismo se consideró británico. 

Furniss comenzó trabajando para la revista cómica irlandesa Zozimus en 1873, a los diecinueve años. Más tarde se mudó a Londres, donde fue empleado por los periódicos The Illustrated Sport and Dramatic News y The Illustrated London News, y contribuyó con viñetas y artículos ilustrados en muchos otros (The Graphic, Black and White, Good Words, Pall Mall, Pearson's, The Strand o The Magazine of Art). Fue cronista gráfico de eventos sociales como carreras de botes, bailes de disfraces y escándalos de la vida amorosa de personalidades públicas. Se unió a la famosa revista satírica Punch en octubre de 1880, y durante catorce años produjo más de dos mil seiscientos dibujos, hasta que un conflicto de intereses respecto a una ilustración para una campaña publicitaria del jabón Pear's” hizo que Furniss abandonara la publicación. El mismo año de 1894 fundó su propia revista humorística, Lika Joko, que no tuvo mucho éxito, como tampoco lo tuvieron New Budget en 1895, Fair Game en 1899 y The Cartoon en 1915. 


El anuncio de jabón "Pear's" cuyos derechos causaron 
la desavenencia y la ruptura de Furniss con la revista Punch.

Su colaboración con Lewis Carroll comenzó en marzo de 1885, cuando el propio Carroll, que admiraba su trabajo en Punch, le escribió preguntándole si estaría dispuesto a ilustrar los dos volúmenes de su libro Silvia y Bruno. Furniss contestó favorablemente; acordaron que realizaría cuarenta y seis dibujos para cada parte, y su relación empezó de manera cordial. Pero la fama de exigente y meticuloso hasta lo insufrible precedía a Carroll, y Furniss recordaría más tarde que John Tenniel le advirtió de que no podría trabajar para él más de siete semanas. Fueron más de siete años, y no fueron fáciles.

Al principio, Furniss se acomodaba a todas las peticiones de Carroll, quien pretendía que sus dibujos se correspondieran exactamente con su propia visión de los personajes. En algunos puntos estuvieron de acuerdo sin la menor discusión (por ejemplo, Carroll se mostró muy complacido con la idea de Furniss de vestir de blanco al hada Silvia), pero pronto la obsesión del reverendo Dodgson por el control de los dibujos se hizo asfixiante. A lo largo de cuatro años, Carroll bombardeó al ilustrador con largas y minuciosas descripciones, sus propios bocetos para que los usara de referencia, y estrambóticas quejas sobre las proporciones y los detalles. Furniss afirma en sus memorias que llegó a fingir no estar en casa cuando Carroll se personaba para discutir el menor trazo de la última ilustración que le había remitido. 


El hada Silvia.

En 1889, agotado y enojado por la presión a la que Carroll lo sometía, Furniss lo amenazó con hacer públicas sus disparatadas exigencias; Carroll recogió el guante y desafió a Furniss “a ver quién ganaba la simpatía de los demás artistas”. La sangre no llegó al río; autor e ilustrador se reconciliaron, y Furniss se ofreció a rehacer los dibujos que habían desagradado a Carroll. Esto no impidió que, hasta 1893, Carroll continuara buscando la perfección en cada una de las imágenes, reprochándole a Furniss que no se fijara en los textos, y alternando acerbas críticas con calurosas felicitaciones. Cuando se publicó Silvia y Bruno concluida, Harry Furniss declaró, como John Tenniel varios años antes, que nunca volvería a dibujar para Carroll.


El travieso Bruno.

Desafortunadamente para la historia de la era victoriana, autor e ilustrador sufrieron un nuevo encontronazo después de terminada su tormentosa colaboración. En la primavera de 1896, Harry Furniss presentó en Oxford un espectáculo cómico escrito e interpretado por él, America in a Hurry. Carroll compró cuatro entradas, pero, cuando supo que la obra incluía una pantomima en que Furniss imitaba a un predicador, no solo las devolvió de inmediato, sino que escribió a Furniss una carta furiosa en que condenaba “el insulto a la cristiandad y la profanación de las cosas sagradas” que suponía el burlarse de un representante de la Iglesia. Para Furniss, fue la gota que colmó el vaso de las ofensas, y en sus memorias, Las confesiones de un caricaturista, recordaría amargamente todos los sinsabores de su relación con el reverendo Dodgson.


Arthur y Muriel.

En la actualidad, los estudiosos suelen estar de acuerdo en que Furniss exageró bastante en sus autobiografías, y magnificó o incluso inventó muchos de los incidentes con Carroll, aunque tampoco cabe duda, por la correspondencia entre ambos que se conserva, de que el puntilloso autor le hizo la vida imposible en lo tocante a sus ilustraciones. Cuesta un poco de entender, porque los dibujos de Furniss son irreprochables tanto en concepto como en técnica. Muestran un trazo claro, un hábil manejo de los sombreados y una correcta percepción del espacio, el fondo y la imagen como conjunto. Furniss demostró un gran talento para dibujar animales, tanto las criaturas antropomorfas que eran tan del gusto de Carroll, como perros y ratones “normales”, así como para distinguir los personajes más serios y los humorísticos, que representaba respectivamente con rasgos realistas o caricaturizados. 


Personajes de un cuento inventado por Bruno.


Las ilustraciones de Furniss no son tan icónicas y recordadas como las de John Tenniel, pero ello es debido a que se encuentran en una obra mucho menos popular que los libros de Alicia, no a defectos achacables a los propios dibujos. Silvia y Bruno es una novela compleja con una imaginería muy particular que supuso un gran desafío, aderezado por las constantes quejas del autor, y Harry Furniss llevó a cabo con éxito una empresa que habría derrotado a muchos otros. Independientemente de la valoración que en la actualidad merezca el texto, las más de noventa ilustraciones de Furniss le dan vida y sentido, y merecen ser recordadas por sus propios méritos. 


Ilustración final de Silvia y Bruno.

¡Que desaparezcan, con la noche, los nubarrones de la ignorancia, la plaga mortal del pecado y las mudas lágrimas del pesar, y que surjan, elevándose más y más alto con el día, la radiante aurora del conocimiento, el dulce aliento de la pureza y el latido extático del mundo! ¡Mira al este!

Fuentes:

Harry & Harold Furniss, por John Adcock.

Lewis Carroll: A Biography, de Morton N. Cohen. Random House, Nueva York, 1995.

Silvia y Bruno, de Lewis Carroll. Akal, Madrid, 2013.

The Confessions of a Caricaturist, vol. 1, de Harry Furniss. Proyecto Gutenberg.

The Confessions of a Caricaturist, vol. 2, de Harry Furniss. Proyecto Gutenberg.

Wikimedia Commons.



25 de diciembre de 2018

Silvia y Bruno (1893).




Silvia y Bruno es la última obra de ficción de Carroll. Debido a su extensión, fue publicada en dos partes: Silvia y Bruno (Sylvie and Bruno, 1889) y Silvia y Bruno Concluida (Sylvie and Bruno Concluded, 1893). Ambas partes fueron ilustradas por Harry Furniss. En la actualidad, es uno de los libros menos reeditados de Carroll, y resulta prácticamente desconocido para el público general.


La génesis de esta obra está documentada en la revista Aunt Judy’s Magazine, que en 1867 publicó dos relatos cortos de Carroll: “El hada Silvia” y “La venganza de Bruno”. Años más tarde, el autor reutilizó estos cuentos como base para una historia más larga. Carroll quiso deliberadamente que esta obra se alejara todo lo posible de los libros de Alicia y, aunque presenta algunos rasgos en común como los poemas absurdos, el mundo onírico y los animales parlantes, se trata en efecto de una idea diferente y una ejecución muy compleja.



La novela tiene dos argumentos que se desarrollan en dos mundos paralelos: la Inglaterra real, victoriana, contemporánea a Carroll, y el mundo de las hadas, llamado “Tierra Exterior” (Outland), que consta de varias regiones.


En el mundo real, un narrador innombrado en primera persona, un hombre de edad madura que padece una enfermedad extraña (pronto se deduce que es narcolepsia) viaja a casa de su amigo Arthur Forester, un médico mucho más joven que él, para que lo examine y le dé un diagnóstico. Sin embargo, la enfermedad del narrador pronto queda en segundo plano, ya que a Arthur le preocupa mucho más su relación con Lady Muriel Orme, una joven de la que se ha enamorado, pero que está prometida al ex soldado Eric Lindon.


En el mundo de las hadas, que presenta una estructura de gobierno de la Europa dieciochesca, el Vice-Guardián Sibimet, su esposa Tabikat y el Canciller conspiran para derrocar al actual Guardián, que es el padre de las hadas Silvia y Bruno (quienes en un primer momento se denominan sprites, y más tarde propiamente fairies). Los niños son conscientes de los manejos de los cortesanos para alzarse con el poder, pero, aunque son sus derechos de nacimiento los que están en peligro, no intervienen en los conflictos y viven sus propias aventuras en las diferentes regiones de la Tierra Exterior.


Estos dos mundos están unidos por la figura del narrador, que varias veces al día cae dormido de manera súbita, y durante esos trances repentinos puede ver a las hadas. Sin embargo, la naturaleza de estas ensoñaciones y lo que ocurre exactamente en ellas es inconsistente. A veces, el narrador puede visitar la Tierra de las Hadas y presenciar todo lo que acontece en ella, pero es invisible para sus habitantes. En otras ocasiones, por el contrario, puede hablar e interactuar sin dificultad con Silvia y Bruno. Otras veces, parecen ser las hadas quienes visitan el mundo real, pero son invisibles para todos excepto el narrador, y otras veces adoptan la forma de niños humanos y se mueven con total libertad por la campiña inglesa.





El argumento que se desarrolla en el mundo real carece de interés. Es una novela social, incluso costumbrista, con largos capítulos de inacción en que los personajes conversan prolijamente sobre moral, política y religión, entre otros temas dispares como los métodos de hacer trampa en diferentes juegos o las bondades e inconvenientes de abstenerse de beber alcohol. El único elemento que nos recuerda que el autor es Carroll es un personaje llamado simplemente Mein Herr, un anciano chiflado que simplemente se ha instalado en casa de Arthur (nadie lo conoce ni sabe por qué está allí), el cual asegura venir de otro planeta y cuenta historias disparatadas sobre el mismo; por ejemplo, que nadie muere ahogado, porque durante siglos la población se ha seleccionado genéticamente para pesar menos que la superficie del agua. 


El triángulo amoroso entre Arthur, Muriel y Eric tampoco despierta ninguna emoción. Arthur habla mucho sobre su pasión hacia Muriel, pero ninguno de los tres actúa como si sus motivaciones fueran el amor y no las conveniencias. Muriel, por ejemplo, declara que no sería "adecuada"  su unión con Eric porque su fe religiosa no es tan profunda como la de ella. 





La historia de las hadas, por su parte, resulta en ocasiones agotadora, por todos los personajes que se disfrazan o transforman su apariencia sin motivo aparente, para revelarse más tarde con su verdadera identidad, y los cambios de localización, tan aleatorios que muchas veces no queda claro si las hadas están en su mundo o en el de los humanos. Los personajes son planos, unidireccionales. Los tres conspiradores son estúpidos y codiciosos; no tienen otra razón de ser que su deseo de gobernar la Tierra Exterior, y los capítulos donde se detallan sus maquinaciones son largos y farragosos. El Guardián legítimo, que es el padre de Silvia y Bruno, tiene todavía menos trasfondo y ni siquiera recibe un nombre propio. En cuanto a las hadas protagonistas, Silvia es un ideal, el arquetipo de la niña delicada, afectuosa, inteligente y sensible de Lewis Carroll (en una carta le dijo a Harry Furniss que “quiero que sea una especie de encarnación de la Pureza”); mientras que Bruno es un niño también inteligente, pero travieso y algo retorcido.


Salpicando la historia de las hadas encontramos, a veces, chistes brillantes propios del mejor Carroll: en el País de los Perros, por ejemplo, antes de entrar en una habitación hay que rascar a la puerta. Lo más recordado de esta obra, y que habitualmente se publica por separado, es el poema absurdo “La canción del jardinero loco”, que aparece desperdigado por estrofas en varios capítulos y recuerda a la maravillosa canción del Caballero Blanco en Alicia a través del espejo, y a los divertidos versos de Fantasmagoría.





Silvia y Bruno es una obra ambiciosa, innovadora y muy elaborada, rompedora con las formas y las técnicas victorianas, y que habría podido ser placentera si hubiera desarrollado la interacción del narrador con las hadas y el contraste entre los dos mundos. Pero está lastrada por unos argumentos flojos, unos personajes blandos y unas digresiones morales faltas de la chispa satírica tan propia de Carroll. Mientras el texto nos sirve para conocer en profundidad el pensamiento del autor, fracasa como novela de fantasía, lo que es más de lamentar cuando encontramos fragmentos y personajes de innegable acierto y encanto.



Fuentes:


CHRISTENSEN, Thomas, “Dodgson Dodges”.

COHEN, Morton N. Lewis Carroll: A Biography, Random House, Nueva York, 1995.


CARROLL, Lewis. 
                - Silvia y Bruno, Akal, Madrid, 2013.

- The Complete Illustrated Lewis Carroll, Wordsworth Editions, Londres, 1998.


Wikimedia commons.



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