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23 de abril de 2023

Phantasmagoria de Tiziana Caminada (1989)

 



Phantasmagoria es un cortometraje dirigido por Tiziana Caminada en 1989, basado en el poema de Lewis Carroll del mismo título. Fue el trabajo con el que la directora se graduó en la Escuela de Cine de Londres y fue proyectado en festivales en Suiza. Después quedó "olvidado en el archivo" hasta que su reciente digitalización ha hecho posible un estreno por Internet. Dura unos 18 minutos.


Tiziana Caminada (Zurich, 1955), hija de inmigrantes italianos, se educó en la zona italoparlante de Suiza y se formó como trabajadora social, antes de mudarse a Londres y estudiar cinematografía. Phantasmagoria fue filmada en la Escuela de Cine de Londres. En la actualidad, Caminada reside en Ginebra, y ha rodado varios documentales, siendo el más destacado Inferno in Paradiso (2021), sobre la contaminación del aire y el agua en la región italiana de Salerno, y su relación con la elevada incidencia de cáncer respecto al resto del país. 


En esta obra aparecen tres actores: Raymond Sawyer como Lewis Carroll; Anna Pernicci como el fantasma y la sobrina de Carroll; y Alexandre Révérend como su mayordomo. Sawyer trabajó como actor de reparto en varias películas y series de televisión; en 2009, apareció en tres de los cinco episodios de la miniserie Collision de Anthony Horowitz. De modo similar, Anna Pernicci también tuvo pequeños papeles en episodios sueltos de televisión y cortometrajes, y además fue protagonista en los casi ciento cincuenta episodios de la serie de ciencia ficción Jupiter Moon (1990-96). Por su parte, Alexandre Révérend es un autor, compositor e investigador al que ya conocemos por su adaptación animada de A través del espejo. La banda sonora de este cortometraje es también suya.


La obra comienza con el tictac de un reloj y un cartel que sitúa la acción en "Oxford, invierno de 1860". Se nos muestra el estudio de Lewis Carroll, con sus libros, fotografías, cráneos y fósiles, y el reloj de pared que marca las siete y media. Carroll entra de la calle, deja unos álbumes sobre una mesa, y de inmediato comienza a trabajar en un problema matemático, sin quitarse siquiera el sombrero. Su criado, Gaspard, entra y le anuncia que le ha servido la cena, y que su sobrina ha venido a verlo. Carroll rechaza la visita alegando que está muy ocupado. El criado le coge el sombrero y acompaña afuera a la sobrina, quien protesta débilmente: "Pero, me prometió...". 



Carroll sigue enfrascado en el problema que no logra resolver cuando comienza a escuchar unos extraños lamentos. Se arma con un reglón y un candil y se pone a mirar tras las cortinas y bajo los muebles, hasta encontrar una figura blanca que huye de la luz. Viendo que no parece agresiva, deja el reglón y baja la llama de la lamparilla. La figura, caracterizada como un arlequín completamente blanco excepto por el maquillaje negro de los ojos, se presenta como un fantasma. 



Carroll no se impresiona y le dice que está muy ocupado, pero el fantasma descubre la comida que ha dejado antes el mayordomo y se invita a sí mismo a cenar. Carroll se indigna ante tamaña desfachatez, y su irritación va en aumento cuando el fantasma coge un lápiz y se pone a escribir en su problema de matemáticas. Sin embargo, su enojo se torna en sorpresa cuando comprueba que lo ha resuelto correctamente, cuando él llevaba nada menos que tres años sin hallar la solución. Le pregunta al fantasma cómo ha podido hacerlo, y este le contesta que es un no-muerto, pero no está cerebralmente muerto. A continuación, invita a Carroll a sentarse con él a cenar, e incluso le sirve una ración de pollo y verduras... más pequeña que la que se sirve a sí mismo. 



Carroll comienza a pensar que el fantasma es solamente un mago que hace trucos, y le cuenta que vio un espectáculo de magia el año anterior, pero el fantasma le corta para criticar su mala memoria "que solo funciona hacia atrás", cuando él tiene "recuerdos" de lo que va a pasar en el futuro. Carroll discute que el concepto de memoria no funciona así, y que "recordar" hechos del futuro significaría controlar el tiempo. El fantasma le dice que sí a todo, hasta que prueba un sorbo de vino, considera que no es lo suficiente añejo, y hace que la botella envejezca unas cuantas décadas, las suficientes para que se cubra de telarañas. Sobresaltado, Carroll intenta razonar que, si es un fantasma, no debería tener necesidad de comer ni beber. El fantasma desaparece, y dice en off que, en efecto, no tiene necesidad, pero lo hace por placer. Vuelve a aparecer en la mesa y da otro par de bocados, pero enseguida le dice a Carroll que tiene una idea equivocada de los fantasmas, y que van a divertirse un poco. 



La idea de diversión del fantasma es asustar a Gaspard, que ya está acostado, haciendo chirridos y maullidos, y luego quitándole la vela de las manos a Carroll y atravesando estanterías de libros. De vuelta en el despacho, el fantasma coge el reglón y le pide a Carroll que lo mida, ya que está tan obsesionado con medir y calcular todos los aspectos de la realidad. Mientras Carroll se prepara, el fantasma toca la campanilla para llamar al criado, y cuando Carroll va a medirlo, se vuelve incorpóreo, haciendo que Carroll caiga de bruces. Así, cuando llega Gaspard, se encuentra a Carroll tirado en el suelo y hablando solo. 




Cuando se marcha el criado, Carroll sigue dudando de que el fantasma no sea un producto de su fantasía, y le pide permiso para sacarle una foto, pero el fantasma comienza a aparecer y desaparecer por toda la habitación, tirándole cosas a Carroll. 



Finalmente, le entrega unos lápices de color rosa, "porque una ecuación escrita en negro, y vuelta a escribir en rosa, es una ecuación diferente", y un caleidoscopio, "porque no hay nada como esto para mirar las cosas". Carroll los rechaza por ser juguetes de niño, pero en cambio acepta jugar una partida de ajedrez con el fantasma. 



Este, como era de esperar, se salta las reglas cuando va perdiendo y mueve las piezas como le apetece. Carroll le dice que sus movimientos no tienen sentido, a lo que el fantasma replica que jugar al ajedrez con un fantasma tampoco es sensato. Así, se declaran la guerra, y se convierten en alegorías de Francia e Inglaterra; la habitación se llena de humo y se oyen de fondo gritos de batalla. Inmerso en el juego, Carroll se convierte momentáneamente en "el rey de los fantasmas", se vuelve incorpóreo y puede atravesar la estantería. 



El fantasma parece contento de que Carroll haya recuperado su imaginación infantil, y lo anima a hacer cualquier cosa que desee, pero de pronto ve que un reloj marca las seis menos diez, dice que se le hace tarde, se despide de Carroll y desaparece. A las seis en punto, el estudio de Carroll ha recuperado la normalidad, y él está sombrío y cabizbajo por haber perdido a su compañero de juegos. Encuentra el caleidoscopio en un sillón y se pone a mirar a su alrededor, y está haciendo pajaritas de papel con sus problemas de matemáticas, cuando entra Gaspard y le anuncia que ha llegado su sobrina. Encantado de por tener de nuevo compañía, recibe afectuosamente a la niña, le regala la pajarita y el caleidoscopio, y le dice que tiene una maravillosa historia que contarle. 



El cortometraje termina citando unos versos del poema (los tres primeros de la segunda estrofa): "Había una extrañeza en la habitación/ y alguna cosa blanca y ondulada/ estaba cerca de mí en la penumbra...". 


Los del final son los únicos versos del "Phantasmagoria" original que aparecen en la obra, además de algunas frases que dice el fantasma y que también remiten a Carroll, como el "¡Se me hace tarde!", que recuerda obviamente al Conejo Blanco; o "No he dicho que no hubiera nada mejor; he dicho que no hay nada como eso", del Rey Blanco en A través del espejo. No se trata, como se ve, de una adaptación total o parcial del poema, sino de una pequeña historia inspirada en él, y con un ambiente decididamente carrolliano. 


Es posible, sin embargo, que los espectadores que no conozcan el poema de Carroll piensen que se trata de una versión del célebre Cuento de Navidad de Charles Dickens, en tanto que el protagonista es un hombre adusto que prefiere concentrarse en un problema de matemáticas antes que pasar un rato con su sobrina, y al que la visita del fantasma le hace recuperar la imaginación y las ganas de distraerse. Esto no ocurre en el poema de Carroll, donde el protagonista echa de menos al fantasma cuando este se marcha, pero también le ha parecido enojoso y cargante, y no hay ninguna indicación de que vaya a cambiar de carácter o estilo de vida por haberle conocido. 


Aunque no se trate de una adaptación del poema, es una obra que remite a un texto de Carroll poco conocido por el público general, y que técnicamente no deja nada que desear: la interpretación, la fotografía, la ambientación, la banda sonora y los efectos especiales son irreprochables.


El cortometraje ha sido publicado en YouTube por su directora, y está disponible para su visualización completa de forma gratuita.


Fuentes:


CARROLL, Lewis. Phantasmagoria and Other Poems, en Proyecto Gutemberg.

Phantasmagoria, cortometraje en el canal de Tiziana Caminada.

Phantasmagoria, ficha de la película en Internet Movie DataBase.

14 de diciembre de 2019

Fantasmagoría (1869)




“Fantasmagoría” es un poema escrito por Lewis Carroll en 1869. Forma parte del libro Fantasmagoría y otros poemas, si bien, debido a su extensión, en habitual que se publique y se traduzca a otros idiomas de modo independiente. Con 750 versos divididos en 150 estrofas de tres octosílabos y dos heptasílabos, distribuidas a su vez en siete cantos, es el poema más largo del autor.

Fantasmagoría y otros poemas fue publicado por MacMillan en 1869, en una edición sin ilustraciones. En 1883 se reeditó junto con La caza del snark y seis poemas nuevos, en un libro titulado ¿Rima? y ¿razón?. En esta edición, “Fantasmagoría” fue ilustrado por A.B. Frost, y para La caza del snark se usaron de nuevo los dibujos de Henry Holiday.

El poema consiste en el diálogo entre un hombre de mediana edad llamado Tibbets y un fantasmilla al que encuentra en su estudio en una noche fría. El ser sobrenatural, cabezón, resfriado y poco imponente, le anuncia con solemnidad que ha recibido el encargo de rondar su casa. Demasiado pequeño como para causar ningún miedo, pero decidido a quedarse allí, el fantasma se dedica a explicar a Tibbets la jerarquía y las costumbres del mundo de los espectros, así como su entorno familiar y su formación como merodeador, al tiempo que le gorronea comida y licores. Aunque al principio lo acoge con simpatía, su involuntario anfitrión no tarda en encontrarlo cargante. Soporta con resignación su discurso, sus quejas sobre los platos que está consumiendo, y hasta sus agresiones (el fantasma lo deja inconsciente arrojándole una botella a la cabeza). En un momento dado, sin embargo, se revela que ha habido una confusión y que la casa que debe ir a rondar es la de otro hombre, llamado Tibbs. Tras echarle la culpa del malentendido, y viendo que el día comienza a clarear, el fantasmilla se despide de Tibbets y desaparece. Tibbets se muestra confuso y hasta se siente algo celoso del tal Tibbs; se toma unas copas, llora un buen rato y se va a la cama. A pesar de lo fastidioso que se había mostrado el pequeño espíritu, acaba echándolo de menos.

Los siete cantos, en la traducción del año 2000 de Javier La Orden Trimollet a la que nos referiremos a partir de ahora, son los siguientes: “El encuentro”, “Sus cinco reglas”, “Escaramuzas”, “Su crianza”, “Altercados”, “Desconcierto” y “Triste recuerdo”. Nótese que la palabra “canto” se empleaba para distinguir las partes en los poemas extensos y graves, como la Divina Comedia de Dante Alighieri, La Reina Hada de Edmund Spencer o El peregrinaje de Childe Harold de Lord Byron.  Carroll lo emplea a propósito para un poema humorístico y considerablemente más corto que las obras épicas citadas.



Canto 1. El encuentro.

El comienzo del poema recuerda un poco al del celebérrimo “El cuervo” que Edgar Allan Poe había publicado en 1845; no puede descartarse que Carroll lo conociera. El narrador vuelve a su casa en una noche muy fría de invierno, “helado, harto, enlodado, exhausto” y, al percatarse de una figura extraña en su estudio tenuemente iluminado, intenta justificarla: “La criada ha dejado ahí la escoba”. Pero la silueta estornuda, y resulta ser “un fantasma menudo”, que se esconde al verlo. 



El narrador se compadece de su pequeño tamaño y su aspecto inofensivo, y le invita amistosamente a hablarle y explicarle su presencia. El fantasmita coge confianza y le cuenta que hasta entonces ya había tenido un rondador en su casa, del que por lo visto no se había percatado, pero que la plaza había quedado vacante, y él acaba de llegar a ocuparla. Le explica el orden en que se asignan las tareas a los distintos tipos de espectros, y declara estar tan emocionado por haber sido enviado por primera vez a una casa, que ha olvidado las “cinco sabias reglas de etiqueta” de los fantasmas. 


El narrador se siente un poco ofendido de que hayan enviado a un fantasma con pinta de crío a rondar a un caballero de su edad, pero aun así lo trata con simpatía y le ofrece comida para que se le pasen los nervios. El fantasma le agradece su hospitalidad y se dispone a hablarle del citado protocolo.



Canto 2. Sus cinco reglas.

El fantasma describe las cinco reglas que toda criatura espectral debe obedecer por real decreto, ya que existe un rey de los fantasmas.
Regla uno: el fantasma no debe comenzar una conversación con su “víctima”. Puede dar a conocer su presencia sacudiendo los doseles de la cama, cerrando las puertas de golpe, o emitiendo lastimeros gemidos. Para desplazarse por la casa, debe conseguir mantequilla, sebo para velas o una grasa similar, y patinar por los suelos valiéndose de ella. Si su víctima le pregunta cómo ha llegado hasta ahí, la respuesta más adecuada es: “A lomos de un murciélago”.


Regla dos: el fantasma también debe encender un fuego azul o rojo, y arañar las puertas, cosa que el fantasma protagonista ha olvidado hacer esa noche. El narrador le interrumpe para hacerle saber que poco durará en su casa como se atreva a encender fuegos por ahí.


Regla tres: el fantasma debe proteger los intereses de su víctima, tratarla con el mayor respeto y cortesía, y no llevarle la contraria; le cabe esperar una consideración recíproca. El narrador comenta que esa regla debería aplicarse a todo el mundo, y no solamente a los seres espectrales.


Regla cuatro: el fantasma debe evitar entrar en casas donde haya otros fantasmas asignados. Salvo que obtenga perdón del rey, el castigo por infringir esta norma es ser descuartizado, lo que verdaderamente no es grave, ya que cuando un fantasma es despedazado, enseguida se vuelve a recomponer, en un proceso que “apenas duele”.


Regla cinco: el fantasma debe dirigirse al rey llamándolo “Señor” y “Su Blanqueza Real”.


Tanto parloteo le está secando la garganta al fantasma, que sin ninguna ceremonia le pide a su anfitrión un vaso de cerveza.


Canto 3. Escaramuzas. 
El fantasma hace una relación de los diferentes tipos de criaturas sobrenaturales: espectros, elfos, duendes, goblins, trasgos, y muchas más, y le habla del Inspector Kobold, de la categoría de los espectros, que frecuenta las tabernas por ser muy aficionado al vino de Oporto, y por eso se le llama inn-spectre (Javier La Orden ingeniosamente adapta el chiste diciendo que Kobold frecuenta las pastelerías, y por eso lo llaman inspectorrija).



A estas alturas, el fantasma ya ha cogido confianza, y en una clara transgresión de la tercera regla comienza a criticar la comida, la bebida y el tabaco que su anfitrión le ha ofrecido, y hasta el tamaño y la comodidad de su casa. Tibbets se molesta con razón, y le dice al fantasma que no piensa tolerarle tales impertinencias. Ni corto ni perezoso, el fantasma coge una botella y se la arroja a la cara a su víctima. Aunque intenta esquivarla, la botella le da en la nariz a Tibbets, que cae al suelo inconsciente. Cuando despierta, el fantasma, impertérrito, sigue hablándole de sí mismo.

Canto 4. Su crianza.

El fantasma habla a continuación de su familia y su formación. Su padre era un duende doméstico y su madre un hada, y sus muchos hijos fueron de categorías diferentes. Entre los numerosos hermanos del fantasma protagonista hay un pixie, una banshee, dos trolls, un elfo, un poltergeist, un doble (lo que nosotros llamaríamos doppleganger) y un leprechaun, entre varios otros tipos de criaturas. Ya que Carroll toma todos estos nombres de diferentes mitologías como la celta o la escandinava, Javier La Orden los adapta cogiendo criaturas folklóricas de varias regiones de España. Los denominados específicamente “espectros” son considerados la aristocracia de las criaturas fantasmales, y el protagonista declara tener cierta envidia de ellos.



El fantasma sigue hablando de los usos y costumbres de sus congéneres, del modo en que llevan a cabo su preparación como rondadores, y de lo mucho que se gastan en cadenas, ropajes, materiales para encender fuegos y luces, y demás parafernalia propia de su oficio (“Y es que hacer el fantasma sin desdoro/ requiere tanto equipo y tantos trastos/ que hay que nadar en oro”).


Canto 5. Altercados. 
Tibbets le pregunta al fantasma si alguna vez consultan a las víctimas acerca de sus preferencias respecto al ente que les van a asignar. El fantasma responde que nunca lo hacen, ya que no terminarían si tuvieran que satisfacer los requisitos de todas sus víctimas. El narrador comenta que a un caballero de su edad bien podría permitírsele elegir, pero el fantasma replica que no puede haber  excepciones.



Habla a continuación de su superior directo, el fantasmaestre (knight-mayor, “caballero- alcalde”, que suena como nightmare, “pesadilla”), un espectro gordo y pesado que recibió su cargo por nombramiento directo del rey. Después de oír hablar sobre este fantasmaestre, Tibbets se permite cuestionar la decisión del rey, y se enzarza en una discusión con su fantasma.

Canto 6. Desconcierto.

El narrador declara lo difícil que es intentar razonar con un fantasma usando los mismos mecanismos lógicos que con un ser humano. Él y el huésped siguen debatiendo un rato, y en un momento dado el fantasma dice: “Eso es tan cierto como que Tibbs te llamas”, a lo que el narrador replica que no se llama Tibbs, sino Tibbets. El fantasma descubre así que se ha equivocado de casa, da un golpe en la mesa que rompe gran parte de los vasos que hay sobre ella, y le echa toda la culpa a su anfitrión por no haberse presentado al principio. Tibbets le contesta que era responsabilidad suya asegurarse de que la casa a la que había ido era la correcta. 


El fantasma se calma un poco, admite que su anfitrión está en lo cierto, y le estrecha la mano, agradeciéndole la hospitalidad que le ha brindado. Antes de marcharse con las primeras luces del amanecer, le recomienda a Tibbets que no dude en buscar un palo grueso y fuerte y sacudirle un bastonazo al espíritu que venga tras él, si le resulta molesto.  

Canto 7. Triste recuerdo.




El narrador, confuso, se pregunta si ha estado durmiendo o si lo que ha visto se debe a los efectos del alcohol. Se sienta y llora durante un buen rato, y se pregunta quién será el tal Tibbs, y qué tendrá para que el fantasma se haya marchado tan deprisa a su casa. Le preocupa cómo reaccionará cuando se encuentre con su rondador a las tres de la madrugada y que sea duro con él.



Tibbets se toma una copa y entona una elegía en honor del fantasma, pero tras dos estrofas decide que no merece la pena una tercera y se va a la cama. Duerme profundamente y sueña con todas las criaturas de las que le ha hablado el pequeño fantasma. Concluye diciendo que en varios años no ha vuelto a ser visitado por ningún ente de ningún tipo, pero que aún suenan en su cabeza las palabras con las que se despidió el que por error vino a su casa aquella noche.




La naturalidad con la que el fantasma y su víctima se ponen a conversar, que el mundo de los entes sobrenaturales sea tan similar a la sociedad humana, y las propias opiniones del fantasma sobre las diferentes categorías de sus hermanos y congéneres, le dan un tono cómico y desenfadado a un texto en el que apenas hay movimiento ni acción. La variedad de criaturas que se describen permite vislumbrar la rica mitología de las islas británicas y Escandinavia, así como el interés de Lewis Carroll por el folklore. Podemos pensar que, como diácono y creyente fervoroso, Carroll no veía estos personajes más que como un mero entretenimiento… pero, años después, se haría miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, que se fundó en Londres en 1882 para estudiar presuntos casos paranormales y fenómenos como la telepatía y el contacto con los espíritus a través de médiums. ¿Querría juzgar por sí mismo si una aparición fantasmal como la de su criatura cabezona era posible?


Aunque no se trata de una de las obras más importantes de Carroll, resulta sorprendente cómo “Fantasmagoría” ha sido un texto prácticamente desconocido en España hasta el siglo XXI. En internet se encuentran muchas versiones sin fecha ni traductor, pero la adaptación al castellano de Javier La Orden del año 2000 para Alba Editorial (como poema suelto) es la primera publicada oficialmente en nuestro país. A ésta siguió la de 2006, por la traductora Marta Olmos, para Edimat Libros, en una edición conjunta de Alicia en el País de las Maravillas, Fantasmagoría y otros poemas y Un cuento enredado. La más reciente, del presente año 2019, es la de Martín Monreal para Torito Press, pero se trata de una versión en prosa y de momento solo se vende en formato digital.


Sin tener la grandeza épica de La caza del snark ni los retruécanos del “Jabberwocky”, se trata de un poema original, divertido y fácil de leer, y no merece la oscuridad en la que ha permanecido tanto tiempo.



Fuentes:

CARROLL, Lewis; LA ORDEN TRIMOLLET, Javier (trad.). Fantasmagoría. Alba Editorial, Barcelona, 2000.   
                                    - MONREAL, Martín (trad.). Fantasmagoría. Alicia en el País de las Maravillas. Torito Press, 2019.
                           - OLMOS, Marta (trad.). Alicia en el País de las Maravillas. Fantasmagoría y otros poemas. Un cuento enredado. Edimat Libros, Madrid, 2006.
                                      - Rhyme? and Reason? en Proyecto Gutenberg.






10 de septiembre de 2019

A. B. Frost (1851 - 1928)


Arthur Frost retratado por Thomas Eakins, circa 1886.

Arthur Burdett Frost, cuyo nombre se cita habitualmente como A. B. Frost, fue un pintor, ilustrador y dibujante de cómics estadounidense. Es uno de los artistas gráficos más destacados de la Edad de Oro de la Ilustración norteamericana, que abarcó desde 1880 hasta aproximadamente 1960. Ilustró los libros de Lewis Carroll ¿Rima? y ¿razón? (1883) y Un cuento enredado (también traducido como Un cuento enmarañado o Un relato enmarañado, 1885).

El autor nació en Filadelfia el 17 de enero de 1851. Era hijo de John Frost, un historiador, biógrafo y profesor de literatura, y sería el mayor de diez hermanos. Comenzó a trabajar a los quince años como grabador, pero su maestro le dijo que “no tenía talento para dibujar”, lo que motivó que durante sus primeros años fuera autodidacta. Posteriormente, sin embargo, viajaría para estudiar bajo diferentes escuelas y maestros: en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania, con Thomas Eakins; en la Colonia de Arte Rockport, de Massachusetts, con el pintor de marinas Gilbert Tucker Margeson; y en la Escuela de Artes Shinnecock Hills, de Nueva York, con William Merritt Chase.

En 1874, un amigo le pidió que ilustrara la antología de historias humorísticas Out of the Hurly Burly, de Max Adeler (pseudónimo de Charles Heber Clark). Fue su primer trabajo publicado, y constituyó un gran éxito al vender más de un millón de copias.

Out of the Hurly Burly, 1874.

En 1876, Frost se unió al departamento de arte de Harper & Brothes, en Manhattan, para publicar ilustraciones en Harper’s Weekly. Allí trabajó con artistas de renombre como Howard Pyle, E. W. Kemble, Frederic Remington y C. S. Reinhart, y siguió puliendo su técnica y explorando nuevos estilos. La compañía publicaba en sus revistas las historias de autores como Ernest Hemingway y Mark Twain, lo que facilitó que Arthur Frost ilustrara posteriormente Tom Sawyer, detective (1896). 

En 1877 se fue a Londres, donde permanecería dos años publicando regularmente en Punch, y fue uno de los primeros ilustradores estadounidenses que se haría popular en Inglaterra. En enero de 1878, Lewis Carroll le escribió una carta muy halagadora en la que le pedía que ilustrara su antología de poesía cómica ¿Rima? y ¿razón? (una reedición de Fantasmagoría y otros poemas que incluía también La caza del snark). Frost aceptó; la correspondencia entre ellos fue abundante, y el libro se publicó en 1883 con sesenta y cinco ilustraciones. Dos años más tarde, cuando Carroll recopiló en un libro una serie de problemas matemáticos que había ido publicando en la revista The Monthly Packet, también eligió al autor americano para que lo ilustrara. A Tangled Tale se publicó en 1885 con seis ilustraciones de Frost.

¿Rima? y ¿razón?, 1883.

A su regreso de Inglaterra en 1878, estudió los experimentos fotográficos de Eadweard Muybridge, el “fotógrafo del movimiento”, que lo inspiraron a publicar unos primitivos cómics: viñetas con escenarios muy similares, pero entre las cuales los personajes realizaban pequeños movimientos o cambios. La primera historia en este género, que se convirtió en un gran éxito de público, fue “Our Cat Eats Rat Poison” (posteriormente titulado “Fatal Mistake”), en la cual describía gráficamente la agonía de un gato tras ingerir veneno. Dibujó varias secuencias de este estilo, especialmente para ilustrar movimientos de deportes y juegos.

Las hazañas de Mr. Chubbs  en la pista de patinaje, 1899.

Arthur Frost se casó con la también ilustradora Emily Louise Philips en 1883. Publicó dos libros antes del cambio de siglo, Stuff and Nonsense (1884) y The Bull Calf and Other Tales (1892). De 1906 hasta 1914 residió en Francia, y publicó en 1912 Carlo, sobre un perro que siempre se mete en problemas con el jardinero Patrick y la gata Maria. Tras regresar a Estados Unidos, perfeccionó sus habilidades en la pintura realista, y fue muy apreciado como pintor de la “América rural” con escenas de caza y pesca, y deportes como el golf. Siguió publicando viñetas secuenciales en la revista Life.


Carlo y el jardinero Patrick, 1912.

Se dice que el hecho de que Frost padeciera de daltonismo le ayudó a alcanzar la maestría en las escalas de grises. Sea esto cierto o no, su habilidad para el dibujo en blanco y negro, fuera con una fina línea de tinta o con varias capas de diversas texturas, está fuera de toda duda. Las ilustraciones para “Fantasmagoría”, el poema incluido en ¿Rima? y ¿razón?, tienen lugar en plena noche, y dentro de una gran mansión en la cual la luz de las velas no abarca mucho: Frost muestra en ellas su dominio de las sombras y las transparencias al contrastar el incorpóreo fantasma con los muy sólidos objetos de la casa a la que va a rondar. 

¿Rima? y ¿razón?, 1883.

El humo es también un elemento magníficamente conseguido en la ilustración del nudo 2 de Un cuento enredado

“Balbus prestaba asistencia a su suegra 
para convencer al dragón”, 1885.

Ambos libros, con las ilustraciones de Frost (¿Rima? y ¿razón? incluye también las de Henry Holiday para La caza del snark) se pueden consultar y descargar de manera legal y gratuita en Proyecto Gutenberg, y recomiendo encarecidamente echarles un vistazo.


Fuentes:

CARROLL, Lewis. 

A Tangled Tale en Proyecto Gutenberg.

Fantasmagoría. Alba Editorial, Barcelona, 2000.   

Rhyme? and Reason? en Proyecto Gutenberg.

Un relato enmarañado. Nivola, Madrid, 2002.

COHEN, Morton N. Lewis Carroll: A Biography. Random House, Nueva York, 1995.

Norman Rockwell Museum

Wikimedia Commons



7 de septiembre de 2019

El número 42



En la gran mayoría de introducciones a los libros de Alicia se alude al hecho de que Lewis Carroll era “en realidad” un aburrido profesor de matemáticas, y se pone un gran énfasis en el contraste entre la seriedad y el rigor que tal ciencia exige, y la fantasía y locura de las aventuras que vive la pequeña. Sin embargo, que fuera aburrido o no es una apreciación que solo compete a sus alumnos: Charles Dodgson disfrutaba enormemente con las matemáticas. Aparte de los numerosos tratados y guías de estudio sobre álgebra, trigonometría y geometría euclidiana que escribió, continuamente inventaba paradojas y acertijos con números, publicaba rompecabezas matemáticos en revistas para que los lectores los resolvieran, y proponía nuevos sistemas de puntuación en juegos de mesa y deportes que fueran justos a la par que precisos. Y no se privó para nada en incluir referencias matemáticas más o menos sutiles en sus libros de poesía y narrativa. Aparentemente, para él no existía tal contraste entre ser profesor de matemáticas y escribir cuentos para niños.

Se ha escrito mucho sobre la presencia de las matemáticas en los libros de ficción de Carroll, y algo que se comenta indefectiblemente en todos estos escritos es el cariño del profesor por el número 42. Por alguna razón que nunca creyó necesario explicar, el número 42 está presente, de modo explícito u oculto bajo complicados cálculos, en ambos libros de Alicia, en La caza del snark y en el poema “Fantasmagoría”, y lo encontramos demasiadas veces para que sea casualidad.

Alicia en el País de las Maravillas (1865).

Alicia en el juicio, de John Tenniel.


Comenzando por el hecho de que Carroll encargó cuarenta y dos ilustraciones para este libro, Alicia en el País de las Maravillas tiene varios guiños a este número. Uno sea posiblemente el más conocido: en la escena del Juicio a la Sota de Corazones, el Rey intenta echar a Alicia, que ha crecido hasta tocar el techo, aludiendo a una supuesta “regla cuarenta y dos”:

En este momento el Rey, que durante un rato había estado escribiendo febrilmente en su cuaderno de notas, gritó:
-        ¡Silencio! – y leyó en voz alta: - “Regla Cuarenta y Dos. Todas las personas que midan más de una milla tienen que abandonar la sala”.
Todo el mundo miró a Alicia.
-          Yo no mido una milla. – dijo Alicia.
-          Sí la mides. – dijo el Rey.
-         Casi dos millas. – añadió la Reina.
-         Bueno, de todos modos, no me iré. – dijo Alicia – Además, ésa no es una regla general: se la acaba de inventar.
-          Es la regla más antigua del libro. - dijo el Rey.
-         Entonces debería ser la Número Uno. – dijo Alicia.

Sin embargo, otra alusión al número, muy anterior, está cuidadosamente escondida, y hacen falta algunos conocimientos matemáticos para descubrirla. Tiene lugar en el segundo episodio, “El Charco de Lágrimas”, cuando Alicia, atascada y angustiada en la madriguera, intenta convencerse de que retiene los conocimientos adquiridos en la escuela:

Voy a ver si sé las cosas que sabía. Vamos a ver: cuatro por cinco es doce, y cuatro por seis es trece, y cuatro por siete es… ¡cielos! ¡A este paso no llegaré nunca a veinte!

Martin Gardner y Robin Wilson explican estos cálculos, respectivamente, en The Annotated Alice y Lewis Carroll in Numberland. En la mayoría de operaciones comunes del sistema métrico se calcula con una base decimal, mientras que en el sistema imperial, por ejemplo, para calcular pies y pulgadas, o en el antiguo sistema monetario británico, se utiliza una base 12. Así, si el cálculo de Alicia comenzara con una base 18, y se fuera incrementando progresivamente en tres (base 21, base 24, base 27…) los resultados serían efectivamente 12, 13, 14, 15… Hasta llegar a un 4 x 12 = 19, usando una base 39. Sin embargo, en este punto se rompería la secuencia: el resultado de la operación 4 x 13 en base 42 no se expresaría como 20 sino como 84. De modo que Alicia tiene razón: ¡no va a llegar nunca a veinte!

En un artículo de 1988, Edward Wakeling especula que Lewis Carroll habría sido capaz de calcular el tiempo que, teóricamente, tardaría una piedra en atravesar la Tierra de parte a parte si cayera por una madriguera de conejo… serían cuarenta y dos minutos.

“Fantasmagoría” (1869).

El fantasma y su "víctima", por A. B. Frost.

“Fantasmagoría” es un extenso poema que encabeza y da título al libro Fantasmagoría y otros poemas, de 1869. Trata sobre un molesto fantasma que recibe la misión de ir a rondar una casa, pero no logra asustar al dueño, sino que lo aburre con su enumeración de los diferentes tipos de espectros, sus habilidades y sus atribuciones. El sufrido residente tiene cuarenta y dos años, como declara en la siguiente estrofa:

“Sin duda”, dije, “eligieron a quien
era más adecuado para enviar:
pero mandar a un mocoso como tú,
para acosar a un hombre de cuarenta y dos años,
¡no lo considero un cumplido!”

A través del espejo, y lo que Alicia encontró al otro lado (1872).

La Reina Blanca, por John Tenniel.

El número de ilustraciones que Carroll encargó a Tenniel para la segunda aventura de Alicia comenzó en 20, y fue incrementándose, hasta que en cierto punto le pidió 42… pero siguió aumentando el número y al final llegó a 50. Sin contar esto, hay dos referencias al número 42 en el texto. La primera es simple: Alicia declara que tiene siete años y medio. Esto son siete años y seis meses:  7 x 6 = 42.

La segunda alusión es más elaborada. La Reina Blanca dice que su edad es de “ciento un años, cinco meses y un día”. Sabemos, por un comentario de Alicia en el primer capítulo, que su sueño ocurre el 4 de noviembre de 1859. Contando años naturales y bisiestos, la edad de la Reina Blanca es, en días, 37.044. Asumiendo que la Reina Roja tiene exactamente la misma edad (ya que son dos reinas en un tablero de ajedrez), sus edades sumadas serían 74.088. O, lo que es lo mismo: 42 x 42 x 42.

La caza del snark (1876).

Detalle de la ilustración de Henry Holiday 
para "El relato del Panadero", 
en que se observan sus cajas numeradas.

Lewis Carroll tuvo la inspiración para la última estrofa de este poema y comenzó a escribirlo desde el final hasta el principio en 1874, cuando tenía cuarenta y dos años. En el prefacio, en prosa, se menciona la regla 42 del Código Naval: “Nadie hablará con el timonel”. Y más adelante se habla del abundante equipaje que pretendía embarcar el Panadero:

Tenía cuarenta y dos cajas, todas cuidadosamente empacadas,
Con su nombre impreso bien claro en cada una;
Pero, como omitió mencionar este hecho,
Todas se quedaron en la playa.

El único equipaje que el Panadero se trae a bordo son siete abrigos y tres pares de botas… tres pares de botas, obviamente, son seis botas… y, de nuevo, 7 x 6 = 42.

Si a estas alturas alguien está pensando que esto del 42 le suena de algo, y cae en la cuenta de que es también un número prominente en los libros de Douglas Adams (Guía del autoestopista galáctico, 1979), no es el primero en caer. Ya hay escritos sobre la posible influencia de Lewis Carroll en las novelas de Douglas Adams, aunque, por lo visto, Adams nunca lo mencionó entre sus muchas fuentes de inspiración.

Se ha especulado si el número era simbólico para Carroll: no en vano, uno de los documentos capitales de la iglesia anglicana fueron los Cuarenta y dos artículos, una serie de fórmulas doctrinales que definían la posición de la Iglesia de Inglaterra en las controversias religiosas de la época, escritos por el arzobispo Thomas Cranmer en 1553. Pero lo más posible es que simplemente fuera una broma personal que gustaba de incluir en sus obras de modo recurrente, y que desarrollar cálculos con ese número le divirtiera tanto como inventar problemas de lógica. Si alguna vez, mis queridos lectores, encuentran alguna críptica alusión al número 42 hasta ahora desconocida en las obras de Carroll, que no les quepa duda de que han hecho un gran hallazgo.

Fuentes:

CARROLL, Lewis; BUCKLEY, Ramón (trad.); GARRIDO, Ramón (ed.). Alicia en el País de las Maravillas. A través del espejo, Cátedra, Madrid, 2001.

CARROLL, Lewis; GARDNER, Martin (ed.). The Annotated Alice, Penguin, Londres, 2001.

NEDIGER, Will. “Lewis Carroll and Douglas Adams”, Word Ways, 2005, vol. 3, núm. 1 , artículo 6.

WAKELING, Edward. “Further findings about the number forty two”, Jabberwocky, invierno/primavera de 1988, vol. 17, núm. 1 y 2.

WILSON, Robin. Lewis Carroll in Numberland: his Fantastical Matematical Logical Life, Penguin Books, Londres, 2009.

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