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4 de mayo de 2019

La caza del snark (1876)



La caza del snark (una agonía en ocho espasmos) es un poema absurdo escrito por Lewis Carroll entre 1874 y 1876, y publicado en Londres a finales de marzo de 1876 (según algunas fuentes, el 1 de abril, Día de los Inocentes en los países anglófonos), con nueve ilustraciones de Henry Holiday en el libro (una de ellas, una carta náutica en blanco) y dos adicionales en la cubierta. Aunque comúnmente se da por hecho que snark es una palabra- maleta que comprende snail (caracol) o snake (serpiente) y shark (tiburón), Carroll nunca ofreció una pista o explicación sobre el aspecto físico de tal criatura. Henry Holiday recibió indicaciones específicas de no realizar ninguna ilustración parcial o completa de lo que él pudiera creer que era el snark.

Existen, al menos, dos teorías sobre el origen del poema. Una es la que ofrece el propio Lewis Carroll en su artículo “Alice on Stage”:

Estaba paseando por una colina, solo, un brillante día de verano, cuando de repente me vino a la cabeza un verso, un único verso: “Porque el snark era un boojum, ya veis”. No sabía lo que significaba, entonces; no sé lo que significa, ahora. Pero lo anoté y, poco tiempo después, se me ocurrió el resto de la estrofa, y ése era el último verso. Y así, por grados, en momentos aleatorios durante el año o los dos años siguientes, el resto del poema juntó sus partes por sí mismo, siendo ésa su última estrofa.

El biógrafo Morton N. Cohen recoge esta anécdota, concretando que ese “brillante día de verano” fue el 18 de julio de 1874, y que Carroll se hallaba en Guildford, donde se había trasladado el día anterior para cuidar durante seis semanas de su sobrino Charlie Wilcox, enfermo de tuberculosis. El hecho de que ideara y comenzara a escribir este poema mientras cuidaba de un tuberculoso “explicaría” algunas de las alusiones a esta enfermedad que se pueden encontrar en el texto, comenzando por el propio subtítulo.

La segunda teoría, sostenida por los psiquiatras Fuller Torrey y Judy Miller, remite a una tragedia ocurrida un año antes. En 1873, el tío y buen amigo de Charles Dodgson, Skeffington Lutwidge, que a la sazón trabajaba como inspector de manicomios, fue asesinado por uno de los internos. Esto justificaría las alusiones al querido tío del Panadero, y los versos en que los expedicionarios salen a buscar al snark con “dedales, tenedores y pastillas de jabón”, objetos que, aparentemente, los inspectores revisaban y requisaban en sus visitas a las habitaciones de los pacientes porque podrían usarse para intentos de agresión o suicidio.

La caza del snark trata de nueve hombres y un castor que, tras varios meses de navegación, desembarcan en tierras extrañas con el propósito de capturar a la singular criatura. Ninguno de los nueve hombres ni el animal recibe un nombre propio, sino que todos son descritos por el nombre de su profesión, que empieza por la letra B. Son un Pregonero (Bellman), líder de la expedición; un Limpiabotas (Boots), un Bonetero (Bonnet- maker); un Abogado (Barrister); un Tasador (Broker); un Empleado o Jugador de billar (Billiard-marker); un Banquero (Banker); un Carnicero (Butcher); un Panadero (Baker); y el Castor (Beaver). Solo seis de ellos tienen un papel significativo en la historia o protagonizan algún segmento; los otros cuatro (el Limpiabotas, el Bonetero, el Jugador de Billar y el Tasador) son irrelevantes. Al poeta y especialista en rompecabezas y juegos de palabras J. A. Lindon le pareció tan injusto que estos personajes fueran olvidados, que compuso para ellos un capítulo adicional al poema, que se situaría entre el penúltimo y el último. No contradice nada dicho anteriormente ni altera el desenlace, y encaja bastante bien con el tono y el estilo de Carroll.


Algunos de los incompetentes cazadores.

El primer “espasmo” (tengamos en cuenta que el original fit significa tanto “canto, parte de un poema” como “espasmo, convulsión, arrebato”) se titula “El desembarco”, y comienza con los valientes pero ineptos expedicionarios llegando a la isla donde el Pregonero les asegura que se encuentra el snark. Se presenta a la tripulación: el Pregonero, capitán de la nave, convencido de que cualquier cosa que se diga tres veces se cumple inevitablemente; el Limpiabotas, personaje anodino donde los haya; el Abogado, que ha sido reclutado para resolver las disputas de los navegantes; y el Tasador, que ha venido para valorar sus bienes; el Jugador, de inmensa habilidad; el Banquero, que guarda el efectivo de todos; o el Castor, que sabe hacer encajes, y ha salvado al barco varias veces del naufragio. Se dedican varias estrofas al Panadero, que no recuerda su propio nombre, lleva cuarenta y dos cajas de equipaje (y aún ha olvidado su paraguas y su reloj, entre otras cosas) y no sabe hacer más que tartas de boda; y al Carnicero, que confiesa que solo es capaz de matar castores… lo que provoca un lógico nerviosismo en el Castor.

El Carnicero afila su cuchillo; el Castor mira de reojo.

En el segundo espasmo, “El discurso del Pregonero”, el capitán de la cacería recuerda los muchos meses que ha durado el viaje, durante los cuales se ha guiado solo por su campana y una carta náutica en blanco, y explica a sus compañeros cómo han de reconocer al snark cuando lo vean: por ejemplo, por su hábito de levantarse tarde, o por su lentitud a la hora de pillar un chiste. El Pregonero menciona, por primera vez, la posibilidad de que el snark que encuentren, en general una criatura inofensiva, sea en realidad un boojum… lo que hace al Panadero desmayarse de pánico.

¿Cuál dices que es el problema
de mi carta náutica?

En el tercer espasmo, “La historia del Panadero”, los tripulantes reaniman a su compañero, el cual relata, entre lágrimas, y continuamente interrumpido por el impaciente Pregonero, cómo su querido tío se despidió de él el día en que embarcó. Le pidió encarecidamente que si encontraba un snark lo trajera a casa, ya que sería bueno para comer con verdura y para encender velas, pero le advirtió que, si en cambio lo que encontraba era un boojum, desaparecería sin dejar rastro. El recordar estas palabras de su tío hace que el corazón del Panadero se convierta en un tembloroso tazón de cuajada.

Suave y súbitamente te desvanecerás.

En el cuarto espasmo, “La caza”, el Pregonero riñe al Panadero por no haber alertado de la peligrosidad del boojum antes de que se iniciara la navegación, a lo que el Panadero replica que lo avisó varias veces en diferentes idiomas, aunque no en inglés. Con todo, el Pregonero recuerda que cazar al snark es una misión gloriosa, y que sus hombres deben poner todo su empeño en “buscarlo con dedales y cuidado, perseguirlo con tenedores y esperanza, amenazarlo con acciones del ferrocarril, y cautivarlo con sonrisas y pastillas de jabón”. Todos los aventureros se preparan (excepto el Castor, que sigue haciendo encajes como si el asunto no fuera con él), y cuando el Carnicero cede al nerviosismo y comienza a sollozar, el Pregonero intenta infundirle valor, ya que lo necesitará si se encuentran con un pájaro jubjub.

Comienza la caza del snark.
La dama es la Esperanza.

En el quinto espasmo, “La lección del Castor”, los nueve hombres han comenzado ya la búsqueda del elusivo snark, pero no hay ninguna pista. Comienzan a oírse los gritos del pájaro jubjub, y el Castor, tras realizar algunas complejas operaciones matemáticas con las que intenta solventar su incapacidad para sumar, explica a los demás cazadores las peculiares características del jubjub, así como la mejor manera de cocinarlo para aprovechar al máximo su exótico sabor. Esto último interesa especialmente al Carnicero, el cual, llorando de emoción, declara su amistad al Castor, el cual la acepta igualmente conmovido, con gran regocijo del resto de los tripulantes.

El Carnicero y el Castor hacen números.

En el espasmo sexto, “El sueño del Abogado”, éste se duerme tras nuevos e infructuosos intentos de encontrar a su presa, y sueña que se halla en un juicio en el cual el snark, al que ve claramente, es también un abogado cuyo cliente es un Cerdo. La defensa del snark es impecable, aunque por desgracia el Cerdo lleva ya varios años muerto. El Abogado sigue el proceso con suma atención, hasta que el Pregonero lo despierta tocando la campana a ras de su oreja.

El sueño del Abogado.

En el espasmo séptimo, “El destino del Banquero”, mientras continúa una búsqueda cada vez más desesperada, el Banquero es capturado por un bandersnatch, y aunque le ofrece un cheque al portador de más de siete libras, no logra escapar de sus feroces mandíbulas. Cuando los demás expedicionarios acuden en su ayuda, el bandersnatch sale huyendo, pero el miedo ha sumido al Banquero en la locura. El Pregonero declara que han de abandonarlo a su suerte, o nunca conseguirán encontrar al snark.

El Banquero cae en la locura.

En el octavo y último espasmo, “La desaparición”, la luz del día decae y los ánimos de los expedicionarios también. Habiendo perdido a un hombre, los restantes están a punto de darse por vencidos cuando el Pregonero señala al Panadero, que está encima de una roca agitando los brazos. El Panadero les grita: “¡Es un snark!”, y los aventureros prorrumpen en vítores y hurras… pero el Panadero añade inmediatamente: “¡¡Es un boo…!!”

Y después, el silencio.

Buscan y buscan hasta que la noche les hace imposible seguir buscando, y no encuentran ni la más mínima señal de la criatura a la que señalaba el Panadero, ni al propio Panadero. Éste ha desaparecido… porque el snark era un boojum, ya veis.

El horror. El horror.

Carroll se resistió durante mucho tiempo a ofrecer una interpretación del poema. Cuando le preguntaban, decía que él mismo no lo entendía, o que no había tenido otra intención que escribir una sarta de tonterías. En una carta fechada un año antes de su muerte dijo que, si había de darle un significado, sería simplemente “una alegoría de la búsqueda de la felicidad”.

Los críticos, ¿sorprendentemente?, no están de acuerdo con el autor. La mayoría interpreta el poema como un grito de angustia existencial: nadie tiene nombre, nadie sabe cómo es el snark, el Banquero enloquece y el Panadero se desvanece. La crisis de identidad ya era un tema recurrente en los libros de Alicia, y a nadie se le escapa que tanto el pájaro jubjub como la criatura bandersnatch aparecen en el poema “Jabberwocky” que Alicia lee en A través del espejo. No solo eso, sino que algunas de las palabras inventadas que después Humpty Dumpty explica a Alicia aparecen también en este poema. En una carta, el propio Carroll describió el lugar donde desembarca la expedición como “una isla frecuentada por el jubjub y el bandersnatch; sin duda, la misma isla donde el jabberwock fue derrotado”. La caza del snark, por tanto, se desarrolla en el mismo mundo en que transcurre “Jabberwocky”, lo que constituiría un tercer universo creado por Carroll después del País de las Maravillas y el Mundo del Espejo, y antes de la Tierra Exterior de Silvia y Bruno

Morton N. Cohen opina que la desaparición del Panadero se debe a que ha intentado violar las leyes de la naturaleza, pretendiendo revelar sus misterios. Larry Shaw da una interpretación alternativa al final del poema: en realidad no encuentran ni a un snark ni a un boojum, sino que el Limpiabotas asesina al Panadero y se deshace limpiamente de su cuerpo. Para algunos, el episodio de “El sueño del Abogado” sería una parodia del caso Tichborne, un proceso judicial que se hizo enormemente popular en la época de Carroll. Martin Gardner sugiere que la escritura del poema fue una catarsis para el autor respecto a la trágica muerte de su tío Lutwigde. Como he comentado anteriormente, otros autores consideran que las imágenes absurdas y el terror que progresivamente va haciendo mella en los expedicionarios estarían inspirados en los sueños febriles del sobrino tuberculoso al que Carroll estuvo cuidando.

Visto de esta manera, nadie diría que es un poema para niños, aunque Carroll lo concibiera como tal (Gardner, de hecho, “se estremece” al pensar que un niño pueda leerlo y hasta recitarlo, como hacían los jóvenes admiradores del autor). Pero es divertidísimo. Es absurdo, es delirante, es chocante y rocambolesco, y es una delicia para los admiradores de Carroll actuales como lo fue para sus contemporáneos, por mucho horror existencial que los críticos le atribuyan. Fascinó al mismísimo Mervyn Peake, quien lo ilustró con imágenes igualmente fascinantes. Se han hecho lecturas y grabaciones, adaptaciones para música, musicales, jazz y hasta ópera; existe un corto de dibujos animados y una película de animación en volumen; y puede que pronto podamos ver la primera versión en imagen real, la cual, si por una vez la película hace honor al tráiler, será absolutamente ristolerta.

No puedo esperar a ver esta película,
 ni aunque lo intente con las dos manos.


Dejo enlaces al poema original en Proyecto Gutenberg, y a una traducción al castellano (en la que lamentablemente no consta el nombre del traductor) que la Biblioteca Virtual Universal cede para uso no venal. Léanlo, mi querido lector, mi querida lectora. Estoy convencida de que La caza del snark es lo que los habitantes del País de las Maravillas leen cada vez que alguien del mundo real lee Moby Dick.

Era-un-boojum.



Fuentes:

“Alice on the Stage”, de Lewis Carroll. The Theatre, 1887. 

La caza del snark, texto en castellano.


Lewis Carroll: A Biography, de Morton N. Cohen. Random House, Nueva York, 1995.

The Annotated Snark, de Lewis Carroll, editado por Martin Gardner. Penguin Books, Londres, 1972.

The Hunting of the Snark, texto original.


“Violence and mental illness: What Lewis Carroll had to say”, de Fuller Torrey y Judy Miller, en Schizophrenia Research, diciembre de 2014, vol. 160, págs. 33- 34. 

Wikimedia Commons.

24 de febrero de 2019

Harry Furniss (1854 – 1925)


Harry Furniss en 1880.

Henry Furniss, más conocido como Harry Furniss, fue un artista, dibujante de viñetas y actor cómico irlandés. De padre inglés y madre escocesa, Furniss se educó en el Wesley College de Dublín, pero desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en Inglaterra y él mismo se consideró británico. 

Furniss comenzó trabajando para la revista cómica irlandesa Zozimus en 1873, a los diecinueve años. Más tarde se mudó a Londres, donde fue empleado por los periódicos The Illustrated Sport and Dramatic News y The Illustrated London News, y contribuyó con viñetas y artículos ilustrados en muchos otros (The Graphic, Black and White, Good Words, Pall Mall, Pearson's, The Strand o The Magazine of Art). Fue cronista gráfico de eventos sociales como carreras de botes, bailes de disfraces y escándalos de la vida amorosa de personalidades públicas. Se unió a la famosa revista satírica Punch en octubre de 1880, y durante catorce años produjo más de dos mil seiscientos dibujos, hasta que un conflicto de intereses respecto a una ilustración para una campaña publicitaria del jabón Pear's” hizo que Furniss abandonara la publicación. El mismo año de 1894 fundó su propia revista humorística, Lika Joko, que no tuvo mucho éxito, como tampoco lo tuvieron New Budget en 1895, Fair Game en 1899 y The Cartoon en 1915. 


El anuncio de jabón "Pear's" cuyos derechos causaron 
la desavenencia y la ruptura de Furniss con la revista Punch.

Su colaboración con Lewis Carroll comenzó en marzo de 1885, cuando el propio Carroll, que admiraba su trabajo en Punch, le escribió preguntándole si estaría dispuesto a ilustrar los dos volúmenes de su libro Silvia y Bruno. Furniss contestó favorablemente; acordaron que realizaría cuarenta y seis dibujos para cada parte, y su relación empezó de manera cordial. Pero la fama de exigente y meticuloso hasta lo insufrible precedía a Carroll, y Furniss recordaría más tarde que John Tenniel le advirtió de que no podría trabajar para él más de siete semanas. Fueron más de siete años, y no fueron fáciles.

Al principio, Furniss se acomodaba a todas las peticiones de Carroll, quien pretendía que sus dibujos se correspondieran exactamente con su propia visión de los personajes. En algunos puntos estuvieron de acuerdo sin la menor discusión (por ejemplo, Carroll se mostró muy complacido con la idea de Furniss de vestir de blanco al hada Silvia), pero pronto la obsesión del reverendo Dodgson por el control de los dibujos se hizo asfixiante. A lo largo de cuatro años, Carroll bombardeó al ilustrador con largas y minuciosas descripciones, sus propios bocetos para que los usara de referencia, y estrambóticas quejas sobre las proporciones y los detalles. Furniss afirma en sus memorias que llegó a fingir no estar en casa cuando Carroll se personaba para discutir el menor trazo de la última ilustración que le había remitido. 


El hada Silvia.

En 1889, agotado y enojado por la presión a la que Carroll lo sometía, Furniss lo amenazó con hacer públicas sus disparatadas exigencias; Carroll recogió el guante y desafió a Furniss “a ver quién ganaba la simpatía de los demás artistas”. La sangre no llegó al río; autor e ilustrador se reconciliaron, y Furniss se ofreció a rehacer los dibujos que habían desagradado a Carroll. Esto no impidió que, hasta 1893, Carroll continuara buscando la perfección en cada una de las imágenes, reprochándole a Furniss que no se fijara en los textos, y alternando acerbas críticas con calurosas felicitaciones. Cuando se publicó Silvia y Bruno concluida, Harry Furniss declaró, como John Tenniel varios años antes, que nunca volvería a dibujar para Carroll.


El travieso Bruno.

Desafortunadamente para la historia de la era victoriana, autor e ilustrador sufrieron un nuevo encontronazo después de terminada su tormentosa colaboración. En la primavera de 1896, Harry Furniss presentó en Oxford un espectáculo cómico escrito e interpretado por él, America in a Hurry. Carroll compró cuatro entradas, pero, cuando supo que la obra incluía una pantomima en que Furniss imitaba a un predicador, no solo las devolvió de inmediato, sino que escribió a Furniss una carta furiosa en que condenaba “el insulto a la cristiandad y la profanación de las cosas sagradas” que suponía el burlarse de un representante de la Iglesia. Para Furniss, fue la gota que colmó el vaso de las ofensas, y en sus memorias, Las confesiones de un caricaturista, recordaría amargamente todos los sinsabores de su relación con el reverendo Dodgson.


Arthur y Muriel.

En la actualidad, los estudiosos suelen estar de acuerdo en que Furniss exageró bastante en sus autobiografías, y magnificó o incluso inventó muchos de los incidentes con Carroll, aunque tampoco cabe duda, por la correspondencia entre ambos que se conserva, de que el puntilloso autor le hizo la vida imposible en lo tocante a sus ilustraciones. Cuesta un poco de entender, porque los dibujos de Furniss son irreprochables tanto en concepto como en técnica. Muestran un trazo claro, un hábil manejo de los sombreados y una correcta percepción del espacio, el fondo y la imagen como conjunto. Furniss demostró un gran talento para dibujar animales, tanto las criaturas antropomorfas que eran tan del gusto de Carroll, como perros y ratones “normales”, así como para distinguir los personajes más serios y los humorísticos, que representaba respectivamente con rasgos realistas o caricaturizados. 


Personajes de un cuento inventado por Bruno.


Las ilustraciones de Furniss no son tan icónicas y recordadas como las de John Tenniel, pero ello es debido a que se encuentran en una obra mucho menos popular que los libros de Alicia, no a defectos achacables a los propios dibujos. Silvia y Bruno es una novela compleja con una imaginería muy particular que supuso un gran desafío, aderezado por las constantes quejas del autor, y Harry Furniss llevó a cabo con éxito una empresa que habría derrotado a muchos otros. Independientemente de la valoración que en la actualidad merezca el texto, las más de noventa ilustraciones de Furniss le dan vida y sentido, y merecen ser recordadas por sus propios méritos. 


Ilustración final de Silvia y Bruno.

¡Que desaparezcan, con la noche, los nubarrones de la ignorancia, la plaga mortal del pecado y las mudas lágrimas del pesar, y que surjan, elevándose más y más alto con el día, la radiante aurora del conocimiento, el dulce aliento de la pureza y el latido extático del mundo! ¡Mira al este!

Fuentes:

Harry & Harold Furniss, por John Adcock.

Lewis Carroll: A Biography, de Morton N. Cohen. Random House, Nueva York, 1995.

Silvia y Bruno, de Lewis Carroll. Akal, Madrid, 2013.

The Confessions of a Caricaturist, vol. 1, de Harry Furniss. Proyecto Gutenberg.

The Confessions of a Caricaturist, vol. 2, de Harry Furniss. Proyecto Gutenberg.

Wikimedia Commons.



25 de diciembre de 2018

Silvia y Bruno (1893).




Silvia y Bruno es la última obra de ficción de Carroll. Debido a su extensión, fue publicada en dos partes: Silvia y Bruno (Sylvie and Bruno, 1889) y Silvia y Bruno Concluida (Sylvie and Bruno Concluded, 1893). Ambas partes fueron ilustradas por Harry Furniss. En la actualidad, es uno de los libros menos reeditados de Carroll, y resulta prácticamente desconocido para el público general.


La génesis de esta obra está documentada en la revista Aunt Judy’s Magazine, que en 1867 publicó dos relatos cortos de Carroll: “El hada Silvia” y “La venganza de Bruno”. Años más tarde, el autor reutilizó estos cuentos como base para una historia más larga. Carroll quiso deliberadamente que esta obra se alejara todo lo posible de los libros de Alicia y, aunque presenta algunos rasgos en común como los poemas absurdos, el mundo onírico y los animales parlantes, se trata en efecto de una idea diferente y una ejecución muy compleja.



La novela tiene dos argumentos que se desarrollan en dos mundos paralelos: la Inglaterra real, victoriana, contemporánea a Carroll, y el mundo de las hadas, llamado “Tierra Exterior” (Outland), que consta de varias regiones.


En el mundo real, un narrador innombrado en primera persona, un hombre de edad madura que padece una enfermedad extraña (pronto se deduce que es narcolepsia) viaja a casa de su amigo Arthur Forester, un médico mucho más joven que él, para que lo examine y le dé un diagnóstico. Sin embargo, la enfermedad del narrador pronto queda en segundo plano, ya que a Arthur le preocupa mucho más su relación con Lady Muriel Orme, una joven de la que se ha enamorado, pero que está prometida al ex soldado Eric Lindon.


En el mundo de las hadas, que presenta una estructura de gobierno de la Europa dieciochesca, el Vice-Guardián Sibimet, su esposa Tabikat y el Canciller conspiran para derrocar al actual Guardián, que es el padre de las hadas Silvia y Bruno (quienes en un primer momento se denominan sprites, y más tarde propiamente fairies). Los niños son conscientes de los manejos de los cortesanos para alzarse con el poder, pero, aunque son sus derechos de nacimiento los que están en peligro, no intervienen en los conflictos y viven sus propias aventuras en las diferentes regiones de la Tierra Exterior.


Estos dos mundos están unidos por la figura del narrador, que varias veces al día cae dormido de manera súbita, y durante esos trances repentinos puede ver a las hadas. Sin embargo, la naturaleza de estas ensoñaciones y lo que ocurre exactamente en ellas es inconsistente. A veces, el narrador puede visitar la Tierra de las Hadas y presenciar todo lo que acontece en ella, pero es invisible para sus habitantes. En otras ocasiones, por el contrario, puede hablar e interactuar sin dificultad con Silvia y Bruno. Otras veces, parecen ser las hadas quienes visitan el mundo real, pero son invisibles para todos excepto el narrador, y otras veces adoptan la forma de niños humanos y se mueven con total libertad por la campiña inglesa.





El argumento que se desarrolla en el mundo real carece de interés. Es una novela social, incluso costumbrista, con largos capítulos de inacción en que los personajes conversan prolijamente sobre moral, política y religión, entre otros temas dispares como los métodos de hacer trampa en diferentes juegos o las bondades e inconvenientes de abstenerse de beber alcohol. El único elemento que nos recuerda que el autor es Carroll es un personaje llamado simplemente Mein Herr, un anciano chiflado que simplemente se ha instalado en casa de Arthur (nadie lo conoce ni sabe por qué está allí), el cual asegura venir de otro planeta y cuenta historias disparatadas sobre el mismo; por ejemplo, que nadie muere ahogado, porque durante siglos la población se ha seleccionado genéticamente para pesar menos que la superficie del agua. 


El triángulo amoroso entre Arthur, Muriel y Eric tampoco despierta ninguna emoción. Arthur habla mucho sobre su pasión hacia Muriel, pero ninguno de los tres actúa como si sus motivaciones fueran el amor y no las conveniencias. Muriel, por ejemplo, declara que no sería "adecuada"  su unión con Eric porque su fe religiosa no es tan profunda como la de ella. 





La historia de las hadas, por su parte, resulta en ocasiones agotadora, por todos los personajes que se disfrazan o transforman su apariencia sin motivo aparente, para revelarse más tarde con su verdadera identidad, y los cambios de localización, tan aleatorios que muchas veces no queda claro si las hadas están en su mundo o en el de los humanos. Los personajes son planos, unidireccionales. Los tres conspiradores son estúpidos y codiciosos; no tienen otra razón de ser que su deseo de gobernar la Tierra Exterior, y los capítulos donde se detallan sus maquinaciones son largos y farragosos. El Guardián legítimo, que es el padre de Silvia y Bruno, tiene todavía menos trasfondo y ni siquiera recibe un nombre propio. En cuanto a las hadas protagonistas, Silvia es un ideal, el arquetipo de la niña delicada, afectuosa, inteligente y sensible de Lewis Carroll (en una carta le dijo a Harry Furniss que “quiero que sea una especie de encarnación de la Pureza”); mientras que Bruno es un niño también inteligente, pero travieso y algo retorcido.


Salpicando la historia de las hadas encontramos, a veces, chistes brillantes propios del mejor Carroll: en el País de los Perros, por ejemplo, antes de entrar en una habitación hay que rascar a la puerta. Lo más recordado de esta obra, y que habitualmente se publica por separado, es el poema absurdo “La canción del jardinero loco”, que aparece desperdigado por estrofas en varios capítulos y recuerda a la maravillosa canción del Caballero Blanco en Alicia a través del espejo, y a los divertidos versos de Fantasmagoría.





Silvia y Bruno es una obra ambiciosa, innovadora y muy elaborada, rompedora con las formas y las técnicas victorianas, y que habría podido ser placentera si hubiera desarrollado la interacción del narrador con las hadas y el contraste entre los dos mundos. Pero está lastrada por unos argumentos flojos, unos personajes blandos y unas digresiones morales faltas de la chispa satírica tan propia de Carroll. Mientras el texto nos sirve para conocer en profundidad el pensamiento del autor, fracasa como novela de fantasía, lo que es más de lamentar cuando encontramos fragmentos y personajes de innegable acierto y encanto.



Fuentes:


CHRISTENSEN, Thomas, “Dodgson Dodges”.

COHEN, Morton N. Lewis Carroll: A Biography, Random House, Nueva York, 1995.


CARROLL, Lewis. 
                - Silvia y Bruno, Akal, Madrid, 2013.

- The Complete Illustrated Lewis Carroll, Wordsworth Editions, Londres, 1998.


Wikimedia commons.



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