Esta es la segunda y última parte de un artículo sobre la crítica feminista en Alicia en el País de las Maravillas. En la primera comentamos las figuras femeninas que Alicia encuentra en su viaje.
A lo largo de su sueño, Alicia y el narrador aluden en varias ocasiones al entorno. Ya durante su larga caída por la madriguera del conejo, Alicia piensa en lo valiente que parecerá en casa, para pronto aburrirse de estar cayendo tanto tiempo, y desear que su gatita Dinah estuviera allí con ella. Poco más tarde, consternada por sus primeros cambios de tamaño, se pregunta si acaso se habrá convertido en otra niña, y decide que, aunque su familia se asome por la madriguera y le ruegue que vuelva a subir, no lo hará hasta que le digan claramente quién es ella. Superados estos momentos de angustia, volverá a acordarse varias veces de Dinah (y también del perrito de los vecinos), y pensará en su niñera, a la que ha asustado con sus juegos de "imaginemos que...", y con la que en ocasiones ha ido a la playa. Es notable, sin embargo, que una niña de siete años perdida en un mundo extraño, y a veces amenazante, no piense en ningún momento en sus padres.
Hay razones externas a la historia por las que no se mencionan los padres de Alicia. Mientras que Lewis Carroll pasaba mucho tiempo con las hermanas Liddell y el hermano mayor, Henry Liddell, las relaciones con los padres distaban mucho de ser amistosas. El decano Liddell y Charles Dodgson mantenían con frecuencia opiniones opuestas sobre la política y la gestión de Oxford, y si bien se trataban con deferencia y respeto, sus visiones - reformista la de Liddell, conservadora la de Dodgson - chocaban en el ámbito académico. En cuanto a la madre de Alice, su creciente obsesión con encontrar maridos ricos para sus numerosas hijas fue durante años la comidilla de Oxford, y objeto de poemas y piezas de teatro satíricas. No es de extrañar que Carroll no aludiera a ella en una obra que la habría convertido en una figura ridícula. La Alicia del libro no se acuerda de sus padres, y solo un par de veces de su niñera, porque en su aventura no ha de contar con figuras de autoridad que le digan, como en la vida real, qué ha de hacer en cada momento: es libre, y es interesante ver qué uso hace de esa libertad.
La crítica moderna - Jennifer Geer, Maria Nikolaeva, Karen Coats - suele coincidir en que las tranformaciones de Alicia a lo largo de su aventura no son solo físicos: hay cambios en su actitud, en su visión del mundo, en su propia identidad. No comienza rebelándose ante la incoherencia de lo que encuentra, sino que al principio intenta aplicar las normas que tiene interiorizadas sobre cómo debe comportarse una niña en sociedad, y solo progresivamente irá rebelándose contra ellas.
Recordemos cómo, en sus primeros encuentros con los personajes del País de las Maravillas, Alicia mantiene una actitud muy cortés y obediente: se dirige al Ratón con toda la amabilidad posible; reparte entre los participantes de la Carrera Loca los caramelos que lleva encima, aun quedándose ella sin ninguno; lamenta su falta de tacto al hablar a los pájaros de lo buena cazadora que es Dinah; obedece sin rechistar al Conejo Blanco cuando éste la confunde con su criada Mary Ann; y cuando entra en su casa le preocupa encontrarse con la verdadera Mary Ann y que la eche sin darle tiempo a cumplir el recado del Conejo. En contraste con la primera vez que aumenta de tamaño, en que se dirige tímidamente al Conejo Blanco, cuando vuelve a crecer y se queda atascada en su casa, Alicia se manifiesta por primera vez de modo agresivo: ante el miedo de que quemen la casa, amenaza con soltar a su gata Dinah contra el Conejo y otros animales pequeños, y despacha de una patada al inofensivo Bill cuando este intenta entrar por la chimenea. Su rebeldía, sin embargo, no dura mucho: al tomar los pasteles vuelve a ser diminuta y deja de estar atrapada, pero ahora es demasiado pequeña para enfrentarse a los animales que siguen considerándola una amenaza. No pasa desapercibido que el tamaño grande (adulto), la mantiene físicamente atrapada - primero en el Vestíbulo de Muchas Puertas, y luego en la casa del Conejo Blanco - pero le da fuerza y autoridad, mientras que el tamaño pequeño (de niña) le permite moverse y explorar, pero debe someterse a cualquiera que le mande.
Con la Oruga, Alicia comienza a cuestionarse su identidad: no se pregunta "¿Dónde estoy?" como la Irene de La princesa y los trasgos o la Dorothy de El mago de Oz, sino "¿Quién soy?". El célebre diálogo en que reflexiona en todo lo que ha cambiado desde que se levantó por la mañana se ha entendido como el descubrimiento del mundo de un modo independiente (lo que constituiría el paso de la infancia a la edad adulta) o de su desarrollo físico como mujer (una primera toma de conciencia de la pubertad). Alicia comienza a ser consciente de que ocupa un lugar en el mundo.
Esta vez sin la ventaja del tamaño, siente un nuevo impulso de independencia: cruza las manos y recita un poema, como cualquier niña victoriana, cuando la Oruga se lo ordena; pero poco después se molesta por la actitud displicente de su interlocutor, y decide despedirse y marcharse, sin esperar su permiso. Alicia se está dando cuenta de que, aunque su educación le haga buscar la aprobación de los adultos, no depende de esa aprobación para ser ella misma, y puede dudar, replicar y cuestionar aquello con lo que no esté de acuerdo. Desde que la Oruga - probablemente, impresionado por esa demostración de voluntad - le ofrece la manera de controlar su tamaño, Alicia recorrerá el País de las Maravillas evolucionando poco a poco: acercándose a los adultos con respeto y cortesía en un primer lugar, intentando aplicar las normas y la lógica que ya conoce, pero rebelándose ante lo que encuentra arbitrario o injusto.
En la casa de la Duquesa - donde encuentra a las dos primeras figuras femeninas, desagradables y hasta crueles - y en la Merienda Loca - donde los bruscos cambios de tema, y de asiento, ponen a prueba su paciencia - Alicia sigue acercándose a los adultos con la cortesía que se espera de ella, pero tomando la iniciativa. Entra a la casa de la Duquesa sin esperar a que le abran (y llamando "idiota" entre dientes al Lacayo-Pez), del mismo modo que se sienta en la mesa del Sombrerero y la Liebre sin que nadie la invite. Alicia desea interactuar con los demás de manera natural y amistosa: está contenta de entablar una conversación con la Duquesa, quiere contar cuentos y adivinanzas con el Sombrero, la Liebre y el Lirón. Pero cuando esto se vuelve imposible por lo absurdo o peligroso del comportamiento ajeno, Alicia se vuelve firme y asertiva: ya no vacila a la hora de llamar la atención a la Duquesa ante el trato que propina a su bebé, o de recriminar al Sombrerero las observaciones personales. Se siente frustrada porque ese mundo no se rige por las normas que conoce, pero está aprendiendo a discutirlas, y sabe que es libre de levantarse y marcharse cuando no soporta más una situación.
Alicia llega por fin al hermoso jardín de la Reina: frente al bosque que ha recorrido en buena parte de su aventura, es un fragmento de naturaleza ordenado, controlado, modificado al gusto del hombre. Esa ilusión de disciplina se rompe pronto, al ver que los Jardineros-Carta pintan de rojo las rosas blancas; de nuevo, una solución tan absurda como desesperada. La llegada de la comitiva real provoca emociones contradictorias en Alicia: está ilusionada al ver el desfile, y por un momento se siente cohibida por el hecho de que una reina le dirija la palabra; pero al mismo tiempo se muestra despectiva al reflexionar que no son más que cartas, y se insolenta - sorprendiéndose ella misma de su audacia - cuando la reina le pregunta por los Jardineros. El "¡Tonterías!" con el que ataja las amenazas de la Reina, y la decisión con que protege a los Jardineros de los Soldados que van a ejecutarlos, parecen la culminación de su recorrido hacia la independencia. Pero, de nuevo, son solo un brote pasajero: en la partida de croquet, Alicia se cuidará mucho de ofender a la Reina, y la obedecerá sin rechistar cuando la mande a visitar a la Tortuga Falsa. Incluso cuando la deja sola con el Grifo, que le da un poco de miedo a Alicia, la niña piensa que no estará menos segura con él que con la "salvaje" Reina.
El juicio a la Sota de Corazones, que ocupa los dos últimos capítulos del libro, mantiene la ambigüedad entre la Alicia obediente y la Alicia independiente. Al principio recupera la emoción infantil de poder estar presente en un juicio "de verdad" y reconocer lo que ha visto en los libros, al mismo tiempo que su primer pensamiento al ver las tartaletas es esperar que el juicio acabe pronto y se sirva un refrigerio. Pero, durante las testificaciones, que sigue con interés de espectadora, se pasa el efecto de la seta reductora que había tomado antes de entrar a casa de la Duquesa, y comienza a crecer a ojos vista. Es interesante el momento en que su vecino de asiento le recrimina que está ocupando espacio; a lo que Alicia contesta que no puede evitar crecer, y el vecino replica que la mayoría de gente no crece tan rápido. Desde un punto de vista feminista, se podría ver aquí una reivindicación: Carroll no era ajeno a los movimientos por los derechos de las mujeres que estaban teniendo lugar desde 1850, y en 1866, solo un año después de la publicación de Alicia, se realizó la primera petición para el sufragio femenino. Aunque, personalmente, considero que Carroll escribió esta línea en parte por el chiste, y el parte por la queja, tan común entre los adultos, de lo rápido que crecen los niños, es posible ver en este momento - y en lo que pasa después - que Alicia comienza a llenar espacio en un lugar en que la única mujer es la Reina.
De nuevo con un tamaño superior al de todos los adultos presentes, Alicia toma coraje: replica al rey sobre la norma 42, lo interrumpe un par de veces, se niega a salir de la sala, y finalmente se enzarza en una discusión a gritos con la mismísima Reina. Por su desafío a la autoridad, es atacada por los Soldados, se asusta, grita - en parte de miedo, en parte de rabia - y se despierta junto a la reconfortante figura de su hermana.
Con la vuelta a la realidad, a un mundo en que toda su independencia ha sido un sueño, Alicia no es una heroína política, ni un modelo feminista en la patriarcal sociedad victoriana. Pero ha aprendido a pensar por sí misma y actuar cuando juzga necesario, lo que le otorga un destello de conciencia crítica frente a estructuras de poder injustas. Con su oscilación entre modosa y rebelde, entre sumisa y desafiante, Alicia nos recuerda que la libertad y la autonomía se construyen paso a paso: cuestionando la autoridad, aprendiendo de la experiencia y, sobre todo, confiando en la propia voz. Es justo el tipo de visión moderna, surgido en un cuento infantil de un autor conservador, que hace que el libro siga generando interés y debate ciento sesenta años después.
Fuentes:
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CARROLL, Lewis. “Alice on the Stage”, en The Theatre, 1887.
COHEN, Morton N. Lewis Carroll: A Biography, Random House, Nueva York, 1995.
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COATS, Karen. “Looking Glasses and Neverlands: Lacan, Desire, and Subjectivity in Children's Literature”, University of Iowa Press, 2004.
GEER, Jennifer. “"All sorts of pitfalls and surprises": Competing Views of Idealized Girlhood in Lewis Carroll's Alice Books”, en Children's Literature, John Hopkins University Press, 2003, vol. 31, págs. 1-24.
LEACH, Karoline. In the Shadow of the Dreamchild, Peter Owen Publishers, Londres, 2015.
MOHELL TEKBILECK, Rebecka. “Alice in Smotherland.A Feminist Study of Alice’s Adventures in Wonderland”, Delarna University, 2021.
NIKOLAJEVA, Maria. “The development of children's fantasy”, en The Cambridge Companion to Fantasy Literature, Cambridge University Press, 2012, págs. 50 - 61
O'SULLIVAN, Britanny. “Sex and Food: Alice’s Sexual Development through Consumption”, en Theocrit: The Online Journal of Undergraduate Literary Theory and Criticism, octubre de 2009.
Wikimedia Commons.
